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Domingo 23 de noviembre de 2025 - 01:00 AM

Comesaña Diazgranados

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El 10 de marzo pasado llamé como todos los años a Julio Comesaña. El motivo: felicitarlo por su cumpleaños y charlar con él sobre el Junior, el fútbol colombiano y también, preguntarle acerca de su salud y sus cosas personales. El volante uruguayo no me contestó, tampoco al otro día. Es raro que no lo haga y terminé imaginando que estaba viajando, visitando a sus nietos o dictando alguna conferencia por invitación de los miles de amigos que tiene regados por el mundo. Los días fueron pasando y los menesteres personales hacen que el tiempo vuele; al mirar el calendario vi que era 24 de septiembre y me dio por marcarle de nuevo al jugador que conocí en 1975 al lado de mi abuelo Sixto Diazgranados en un restaurante tradicional de Barranquilla conocido como El Mediterráneo. Esa tarde Julio vestía unos jeans, una camiseta blanca y unos mocasines negros, sin medias. Las gafas oscuras ocultaban sus ojos y tenía pinta de actor de cine francés.

Ese 24 de septiembre no contestó y ahí me preocupé. El 25 me escribió: “estoy en Montevideo, más tarde te llamo”. Sabía, porque lo conozco muy bien, que algo estaba pasando y esperé a que se comunicara conmigo. Solamente hasta el dos de octubre me vine a enterar de lo que le ocurría a quien atravesaba la cancha del Romelio Martínez como si fuera la sala de su casa. Julio era el capitán del Junior sin la cinta, no la necesitaba; era quien mandaba dentro del terreno. Miranda, Berdugo, Reyes, Amaya y Rubio, sabían que las órdenes de Varacka llegaban a través del hombre que se paraba delante de los defensores y se convertía en el primer guardián del retén para arrimarse hasta la portería defendida por Delménico.

El dos de octubre me llamó a las 5:47 de la tarde y me dijo que estaba acompañando a Rafael, su único hermano, quien estaba padeciendo un cáncer pavoroso y estaban esperando el fatal desenlace. El tono de voz de Julio Comesaña era extraño; su voz sonaba diferente, distante, me confesó lo que estaba sucediendo y me pidió el favor de que no lo comentara con nadie. Como tantas otras veces, ese ídolo de camisa a cuadros con su cabello cenizo encendido por las emociones de un partido, me pedía que no dijera nada. Recordé la mañana de enero de 2005, cuando desayunamos en el Hotel Torreón de Pereira y Julio me manifestó que lo iban a operar de algo delicado; tenía miedo de lo que pudiese suceder y acto seguido, lloró. Esa mañana fría supe que mi ídolo era de carne y hueso; el hierro de su cuerpo se había fundido con otros metales y luego de medio probar un picado de frutas, me levanté de la silla y le di un beso. Quería sanar sus heridas en combate, ¡nada más!

A los pocos días le escribí porque debido a su silencio, presentí el desenlace. Julio tenía en su Whatsapp una foto con su hermano cuando eran niños. Es una fotografía hermosa de dos chicos rubios, abrazados y sonrientes, con sus jardineras puestas. La respuesta fue: “el tema de mi hermano fue muy difícil por lo vivido en mi viaje a Montevideo por razones que no necesito explicar. De todas maneras, pude acompañarlos 20 días de los cuales 10 estuvo lúcido, sin dolores de ningún tipo, salvo la angustia de que él sabía exactamente lo que tenía y quería que le hicieran algo para curar lo que ya no se podía. Recorrimos la infancia y la adolescencia. Eso nos hizo bien porque Dios nos ha dado una vida que debemos agradecer y no quejarnos de nada. Ya los últimos días, él no estaba ahí, más tarde te llamo”.

Me acordé de mi tío Rudy quien dejó todo botado en Estados Unidos y se vino a ver a mi mamá los últimos cuatro meses de su vida. Ellos, hicieron lo mismo que acaba de hacer Julio con su hermano Rafael. Por eso cuando hablé con Comesaña esta semana y nuestras voces entrecortadas se cruzaron, sentí que teníamos cosas en común; una de ellas, sin ninguna duda: el amor por un hermano. Te quiero Julio, nos vemos pronto.

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