La ONU es una organización creada bajo la lógica de un modelo de orden global que ya desapareció. La ONU fue diseñada en 1945 para garantizar que las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial permanecieran dentro de un sistema multilateral, esperando de esta manera prevenir entre ellos conflictos bélicos futuros y garantizar una forma de orden global basado en la diplomacia, el derecho internacional y el equilibrio relativo entre dos bloques (el capitalista y el comunista). Sin embargo, ese orden ya es cosa del pasado, como lo analicé en mi columna (“Hablemos de geopolítica (VII): La transición en el orden mundial”) del 6 de septiembre de 2026.
Ante el nuevo estado de cosas, el principal reto geopolítico de la ONU es la parálisis y la pérdida de legitimidad de su arquitectura de seguridad colectiva, provocada por la fractura entre las grandes potencias y el diseño institucional del Consejo de Seguridad, que ha hecho que la ONU no solo pierda su centralidad en el sistema global, sino que pierda progresivamente sus roles actuales en la geopolítica contemporánea. Veamos.
Primero, la ONU fue diseñada para que Estados Unidos, Rusia, China, Francia y Reino Unido controlaran las principales decisiones de aquel orden multilateral y diplomático por medio del derecho de veto. Esto exige que cualquier decisión que tome el Consejo de Seguridad sobre el mantenimiento del orden y la paz mundial deba contar con la unanimidad de dichas potencias. Sin embargo, esta dinámica imposibilita que se tomen decisiones y acciones vinculantes frente a los conflictos contemporáneos más graves, pues es improbable que en ellos no existan intereses directos o estratégicos de alguno de los países con veto. Esto ha obligado a que las decisiones y las acciones internacionales que se han tomado sobre dichos conflictos se hagan en otras sedes, en otros organismos o con otros instrumentos.
Segundo, la actual competencia estratégica y comercial entre Estados Unidos y China, sumada al enfrentamiento indirecto con Rusia (agravado por la invasión de este país a Ucrania), ha socavado las dos herramientas que, en el anterior orden multilateral, se habían establecido: la diplomacia y el derecho internacional público. El nuevo orden global tiende cada vez más a acciones unilaterales, a acuerdos minilaterales y alianzas ad hoc o temporales por fuera del marco universal de la ONU. Se suma que, por lo menos en Occidente, la OTAN esté asumiendo funciones que le corresponderían a la ONU. Todo esto conlleva el riesgo de erosionar aún más la fuerza del derecho internacional público.
Tercero, hay amplias regiones del planeta, como África y América Latina, que carecen de asientos permanentes en el Consejo de Seguridad, y economías clave como India no tienen el peso decisorio acorde a su relevancia actual. Esta falta de representatividad debilita la autoridad moral de la ONU. Todos los países excluidos entienden que la ONU fue un esfuerzo de unos pocos para evitar una guerra abierta entre ellos y para garantizar que sus privilegios no fuesen puestos bajo discusión, pero los intereses de los países menos desarrollados no tienen forma de ser tramitados de forma real allí.
Cuarto, la ONU depende por completo de la voluntad política, militar y financiera de sus Estados miembros, con el beneplácito unánime de los países con derecho al veto. Sin una fuerza coercitiva autónoma ni mecanismos eficaces propios para sancionar violaciones a la Carta de las Naciones Unidas, su rol suele quedar relegado a la asistencia humanitaria posterior al estallido de las crisis, perdiendo su función primordial de disuasión y prevención.
Sin embargo, hay que destacar que si bien la ONU tiene graves problemas, ha hecho una labor más que encomiable en temas como la protección al patrimonio de la humanidad, la promoción de la salud y la educación, la atención humanitaria y como vitrina (ante la opinión pública internacional) de las grandes crisis de la actualidad (como lo que atañe al genocidio palestino en Gaza).
En última instancia, el reto de la ONU es su supervivencia, lo que exige necesariamente una reforma estructural, pero no creo que las potencias que le dieron lugar permitan, en modo alguno, que esto se dé.











