Hablar de competitividad puede sonar técnico, lejano o excesivamente académico. Pero en realidad es sencillo: un territorio competitivo es aquel que logra producir bienes y servicios capaces de sobresalir en mercados globales mientras mejora la vida de su gente. Esa doble madurez tanto económica como social, es la que determina qué tan preparada está una ciudad para el futuro.
Hace unos días conocí los resultados del Índice Municipal de Competitividad (IMC), que evalúa 90 municipios de seis departamentos de la región: Santander, Boyacá, Norte de Santander, Cesar, Arauca y Casanare. Barrancabermeja se ubicó en la posición 10, con un puntaje de 5,44 frente al 5,79 de Bucaramanga, que ocupa el primer lugar. Un resultado que nos exige mirar con cuidado lo que revela.
Estar en el top 10 regional confirma que Barrancabermeja cuenta con activos, capacidades y avances que otros municipios aún están lejos de alcanzar. Pero cuando se desagregan los indicadores, aparece un mensaje más complejo: la competitividad del distrito está avanzando a dos velocidades.
Por un lado, cerca del 60% de los factores evaluados dependen directamente de la gestión pública. Y ahí está uno de nuestros mayores desafíos. No podemos aspirar a una ciudad altamente competitiva si los pilares fundamentales: infraestructura, educación, seguridad; dependen de instituciones que, en muchos casos, avanzan más lento de lo que el territorio requiere.
En contraste, el IMC muestra un comportamiento favorable en el sector empresarial. Barrancabermeja tiene capacidad para generar valor agregado, un tejido productivo sólido y un empresariado que ha asumido un rol más activo, articulador y consciente de su responsabilidad territorial. Este dinamismo privado ha sido, en buena medida, un motor silencioso que sostiene parte del progreso local.
Pero la conclusión más poderosa del índice es otra: ninguna ciudad avanza de manera sostenida si cada actor trabaja por su lado.
La competitividad no es un asunto de gobiernos o de empresarios solos. Es un ejercicio en equipo, un rompecabezas donde el sector público, el privado, la academia y la ciudadanía deben encajar piezas, no duplicarlas ni contradecirlas. Cuando esa articulación existe, el desarrollo es más rápido, más sostenible y más incluyente. Y en esto ya se ha venido trabajando, y bastante.
El IMC no es una sentencia. Es un espejo.
Nos recuerda que somos una ciudad con fortalezas reales, pero también una ciudad que no puede conformarse. Que el sector privado no puede avanzar solo, y que la gestión pública no puede avanzar sin escuchar. Y que, si queremos una Barrancabermeja que compita en la región y, al mismo tiempo, viva mejor, necesitamos seguir trabajando juntos en una ruta, con un propósito claro y una dirección compartida.










