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Sábado 29 de noviembre de 2025 - 01:00 AM

Los que siempre están

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Conozco trabajadores que están dispuestos a quejarse de los malos tratos de quienes se creen sus superiores. Por demás, hay escenas que uno no olvida. No por extraordinarias, sino porque revelan más de lo que parecen: una señora chasqueando los dedos para llamar a un mesero, un señor tratando, despectivamente, de “niña” a una trabajadora de servicios generales, o el típico personaje que sube el tono solo porque lleva una corbata cara y cree que eso lo habilita para humillar. Son segundos que exponen, sin mucho esfuerzo, quién es quién.

Siempre he pensado que la verdadera clase no se mide en apellidos ni en membresías, sino en cómo se trata a quien no tiene ninguna obligación de aguantar nuestros mal genios. En cómo saludamos al vigilante, en si aprendemos el nombre de la señora que mantiene limpio el lugar donde trabajamos, en cómo agradecemos al mesero que, sin saberlo, sostiene media ciudad con jornadas que muchos no resistirían un solo día.

En Bucaramanga tenemos un problema silencioso: hemos normalizado que ciertas personas “merecen” ser tratadas con distancia, con órdenes secas, con ese estilo de superioridad que algunos confunden con autoridad. Y lo más triste es que eso pasa, sobre todo, en los lugares donde más se presume educación, tradición o elegancia. Es como si la cortesía se activara hacia arriba, pero jamás hacia abajo.

En estos días, y sin entrar en detalles, conocí de cerca una situación que me dejó pensando. Un espacio que debería ser símbolo de buena conducta terminó siendo escenario de amenazas y malos tratos contra meseros y trabajadores del servicio. No hablo de un hecho aislado: hablo de una cultura que muchos prefieren ignorar. El poder mal entendido siempre termina mostrando su peor cara cuando tiene enfrente a alguien que depende del salario del día.

Pero hay algo que no podemos seguir permitiendo y es creer que la dignidad es negociable. Que porque alguien sirve una mesa, recoge una bandeja o limpia un salón, esté obligado a soportar desprecios. No. Esas personas sostienen nuestras rutinas, nuestros eventos, nuestras comidas y hasta nuestras fiestas. Son los primeros en llegar y los últimos en irse.

A veces la vida nos da la oportunidad de ver quiénes somos sin adornos. Si uno quiere medir la calidad humana de alguien, basta con observar cómo trata a quien no puede devolverle un favor. Ahí se caen los discursos, ahí se acaba la fachada.

Yo, por mi parte, me quedo con ellos, a quienes además quiero mucho: José, Dieguito, Martica, Charlie, Karencita, Kevin, Henry, France y muchos otros que ahora mismo se me escapan. Con los que trabajan en silencio, con los que no levantan la voz, con los que conocen nuestras mejores y peores versiones sin juzgarnos. Son ellos quienes sostienen la casa. Y también son ellos quienes, desde ya, saben que no están solos.

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