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Columnistas
Miércoles 01 de julio de 2026 - 01:00 AM

El precio de sentir

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Hay sociedades donde la mayor valentía consiste simplemente en ser uno mismo. Me pregunto cuántas personas, en silencio, libran esa batalla mientras los demás creemos que solo estamos “dando una opinión”.

En Colombia todavía existen emociones que parecen delitos. Amar a quien “no se debe”, llorar “sin razón”, reconocer que se necesita ayuda psicológica o simplemente pensar distinto puede convertirse en una condena silenciosa. No hay jueces ni tribunales; basta la mirada del vecino, el comentario de la familia o el rumor que viaja más rápido que la verdad. Y cuando esa historia ocurre en regiones donde todos creen conocerse, el peso del juicio resulta aún más asfixiante. Como dice el viejo refrán: pueblo pequeño, infierno grande.

Lo más preocupante es que ya no nos escandaliza. Hemos normalizado una cultura donde señalar parece un deber moral y comprender, una muestra de debilidad. Al joven que rompe con las expectativas familiares lo llamamos “el raro”; a la mujer que termina una relación le preguntamos por qué no luchó más; al hombre que llora le exigimos fortaleza; a quien busca un psicólogo lo miramos con sospecha. Hemos construido una sociedad donde sentir requiere explicaciones.

No siempre herimos con la violencia. Muchas veces lo hacemos desde la aparente buena intención: con la crítica disfrazada de consejo, el chisme presentado como preocupación o la opinión que nadie pidió. Hay palabras que no dejan cicatrices visibles, pero convencen a las personas de que esconder quiénes son resulta más seguro que vivir con autenticidad.

Quizá por eso tantos jóvenes sueñan con irse. No únicamente por mejores salarios o universidades, sino porque anhelan un lugar donde puedan construir su identidad sin vivir bajo el escrutinio permanente de los demás. Según Migración Colombia, cerca de 500.000 colombianos emigran cada año, y entre ellos predominan los jóvenes. Muchos buscan oportunidades, pero también algo más difícil de encontrar: el derecho a vivir sin sentirse permanentemente evaluados.

No escribo estas líneas para condenar a Santander, las escribo porque la amo. Porque me duele que una tierra trabajadora, generosa y profundamente humana siga confundiendo el carácter con la dureza, la sinceridad con la crueldad y el interés con el derecho a intervenir en la vida ajena. Nos enorgullecemos de decir las cosas “de frente”, cuando muchas veces lo único que hacemos es justificar nuestra falta de empatía.

Ojalá llegue el día en que nuestros jóvenes no tengan que cruzar fronteras para sentirse libres. El verdadero desarrollo de una sociedad no se mide por sus edificios ni por su economía. Se mide por la tranquilidad con la que alguien puede decir: “este soy yo”, sin miedo a ser rechazado.

Y si esa pelea hay que darla, yo prefiero darla aquí. Porque el día en que sentir deje de ser un acto de valentía, habremos construido una sociedad en la que valga la pena quedarse.

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