En Santander hablamos con entusiasmo sobre expansión urbana, competitividad regional y nuevas oportunidades de inversión, pero seguimos evadiendo el punto que define si todo eso es posible o no. La ciudad empieza y termina en el agua. Sin agua suficiente y sin infraestructuras capaces, cualquier proyecto urbano se queda en discurso y cualquier idea de desarrollo termina siendo una ilusión más.
El problema es evidente. Crecemos con la convicción de que basta con aprobar suelos, ajustar los POT o abrir licitaciones para sentir que avanzamos. Mientras tanto, la disponibilidad hídrica, la protección de las fuentes y la capacidad de los sistemas de acueducto permanecen relegadas, como si fueran asuntos que pueden resolverse después. Esa desconexión entre el urbanismo y la gestión del recurso hídrico es una de las principales causas de los desequilibrios que hoy afectan a buena parte del departamento.
La Agenda Estratégica del Agua de Santander plantea una hoja de ruta clara. Conservación de cuencas, acceso efectivo al agua potable y tratamiento adecuado de las aguas residuales. Ninguna ciudad funciona sin esas tres piezas. En lugar de verlas como un tema ambiental aislado, deberíamos entenderlas como el fundamento del crecimiento urbano y de la calidad de vida de la población.
Lo que ocurre en el área metropolitana es un ejemplo revelador. Se anuncian nuevos desarrollos y ampliaciones del perímetro urbano, pero en muchos casos la infraestructura hídrica disponible no es suficiente para sostenerlos. El resultado es una ciudad que aparenta avanzar, aunque por debajo acumula riesgos de continuidad del servicio, inequidades en el acceso y una presión creciente sobre ríos y quebradas. Es el costo de planear la ciudad sin mirar la capacidad real del territorio.
Tampoco se puede seguir ignorando la enorme brecha en saneamiento que existe en los municipios. Un sistema urbano que no trata sus aguas residuales es uno que transfiere sus impactos ambientales a las fuentes que lo abastecen. El precio lo pagan las comunidades y, a largo plazo, la sostenibilidad misma del desarrollo.
Por eso este mensaje debe ser directo. Los municipios, las corporaciones autónomas y los prestadores de servicios tienen que asumir la Agenda Estratégica del Agua con responsabilidad y coherencia. No se trata de acumular diagnósticos sino de transformar la manera como ordenamos el territorio y priorizamos la inversión pública. El agua es la variable que define nuestro futuro. Si no la ubicamos en el centro de la planificación, lo que hoy llamamos progreso será, más temprano que tarde, un problema difícil de revertir. La defensa de la protección de la agua no puede seguir siendo un teatro para oportunistas, debe ser una agenda regional seria y esa agenda es: La Agenda Estratégica del Agua de Santander.











