Durante años escribí esta columna convencido de que las ideas bien argumentadas podían mover algo más que el debate: podían mover decisiones. Escribí sobre desarrollo, urbanismo, planeación, bienestar, competitividad y territorio. Más de quinientas columnas después, la conclusión no es cómoda, pero es honesta: Santander no avanza.
No es una frase retórica ni un gesto de cansancio. Es un hecho verificable. Seguimos sin vías estratégicas, aislados del centro del país, atrapados entre anuncios y promesas que nunca se ejecutan. Mientras otras regiones consolidan infraestructura, conectividad y proyectos de largo plazo, Santander permanece detenido, como si el subdesarrollo fuera una condición asumida.
He insistido —tal vez hasta el exceso— que el desarrollo es una decisión. Requiere planeación, liderazgo técnico, continuidad institucional y una ciudadanía que exija resultados. Pero lo que hemos visto es lo contrario: improvisación, fragmentación política y una peligrosa resignación colectiva.
El problema no es solo la falta de recursos. Es la ausencia de visión regional. Santander no actúa como región. Cada municipio jala para su lado mientras el interés colectivo se diluye en disputas menores que no resuelven nada. Así no se construyen corredores logísticos, ni se atrae inversión seria, ni se genera bienestar sostenible.
Durante años escribí con la esperanza de que la palabra ayudara a corregir el rumbo. Hoy siento una responsabilidad distinta. Porque cuando el diagnóstico se repite y la realidad no cambia, insistir desde el mismo lugar empieza a parecer una forma elegante de evasión. Y Santander no necesita más diagnósticos; necesita decisiones.
Decir que somos una región subdesarrollada es una alerta. Subdesarrollo no es pobreza moral ni falta de talento; es incapacidad estructural para convertir potencial en resultados. Y eso es exactamente lo que nos pasa. Tenemos ubicación estratégica, capital humano y vocación productiva pero seguimos desconectados, mal planificados y sin una hoja de ruta compartida.
Por eso esta columna es una despedida. No de la palabra, ni del debate público, sino de este espacio, que durante años me permitió decir lo que pensaba con libertad y rigor. A Vanguardia, gratitud. A los lectores, respeto. A la región, una convicción intacta: Santander merece más.
Santander no puede seguir esperando. Y yo no me voy a quedar quieto sin hacer nada, mirando cómo nos seguimos quedando atrás. Me voy a buscar un espacio en el Congreso de la República: el lugar donde se hacen las leyes y donde verdaderamente se toman las decisiones que pueden cambiar esta historia.
No es fácil tomar esta decisión. Pero a los empresarios, comerciantes, emprendedores, trabajadores y colaboradores que creen en esta tierra, les digo: este camino necesita de todos. Porque Santander merece más. Y porque llegó el momento de pasar, sin excusas, de las palabras a la acción.











