La relación entre filosofía y medicina fue un tema que, debo reconocer, no comprendí en profundidad al inicio de mi carrera, a pesar de haber tenido un maravilloso profesor, el Dr. Emilio Quevedo, quien se esforzó en mostrarnos su importancia.
Para ilustrarlo, me gusta recordar algunas charlas con mi abuelo Rafael Gómezese, quien se desempeñó como farmaceuta a principios del siglo pasado en Zapatoca. En aquella época, cuando escaseaban los médicos, los farmaceutas a veces debían actuar como tales. Él produjo una de las primeras aspirinas comercializadas en Colombia, llamada Eureka, y más tarde otra conocida como Ok Gómez Plata.
Un día le pregunté cómo se controlaban el dolor y la fiebre antes de la existencia de medicamentos como la aspirina o el acetaminofén. Su respuesta fue clara: con sangrías. Este procedimiento consistía en extraer una cantidad importante de sangre y fue muy popular como tratamiento médico durante más de 500 años. Hoy, ningún médico en su sano juicio recurriría a ello; incluso podría ser acusado de mala práctica. Surge entonces la pregunta: ¿por qué se aplicó durante tanto tiempo?
La explicación está en las teorías de Galeno, quien afirmaba que el desequilibrio de los cuatro humores era la causa de las enfermedades. Así, la fiebre se interpretaba como un exceso de “humor caliente” y se trataba extrayendo sangre.
Recientemente tuve la oportunidad de asistir a un curso de medicinas orientales aplicadas al cuidado paliativo. Para mi sorpresa, comprendí que en estas culturas el origen de las enfermedades suele atribuirse a emociones mal controladas o desequilibradas. Por ejemplo, la gastritis: un médico occidental probablemente señalaría la presencia de la bacteria Helicobacter pylori o el aumento en la producción de ácidos gástricos. En cambio, un médico oriental buscaría el origen en emociones desbalanceadas como la ansiedad o el estrés.
En últimas, estas interpretaciones, enraizadas en sus respectivas culturas, transforman por completo la manera de entender la enfermedad. Sin desconocer el aspecto científico, cada vez observo con más frecuencia en mis pacientes un origen emocional en sus dolencias. Creo profundamente en la unión entre mente y cuerpo, y estoy convencido de que solo el equilibrio de ambos permite alcanzar una salud óptima.
“Solo cuando escuchamos al cuerpo y al alma al mismo tiempo, descubrimos el verdadero sentido de la medicina.”












