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Viernes 19 de diciembre de 2025 - 01:00 AM

Dejémonos de vainas

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Este título solo será familiar para quienes nacieron antes de los noventa. Incluso algunos millennials desprevenidos podrían no reconocerlo. Dejémonos de vainas fue un programa muy popular en la televisión colombiana, en tiempos en que la oferta era muy limitada y solo existían dos canales bajo el modelo de programadoras. Todo el país veía prácticamente lo mismo.

Era una comedia familiar con un propósito sencillo, dejar todo claro, correr el velo de la doble moral y mostrar la distancia entre lo que decíamos ser y lo que realmente éramos. No buscaba redimir a nadie, solo ponernos frente al espejo y recordarnos, con humor, que buena parte de nuestros problemas empiezan cuando preferimos la apariencia.

Ese espíritu puede servirnos para reflexionar sobre la democracia que tenemos. Acabamos de salir de un proceso electoral atípico en la ciudad, que bien podría considerarse un destilado de la política en su versión más reducida. Paso lo esperado: baja participación y una elección que terminó girando en torno al candidato del alcalde o al del gobernador. Entre ambos definieron el resultado con casi el 70 % de los votos.

Más allá de los análisis estadísticos sobre el proceso, lo preocupante es la distancia entre la democracia que decimos tener y la que realmente tenemos. Como dirían los científicos sociales, la diferencia entre lo normativo y lo descriptivo.

Todos sabemos que los políticos hacen política, estén o no en funciones públicas. Sin embargo, seguimos fingiendo que esto no ocurre o que, si ocurre, será sancionado. Es ridículo. Lo primero que se preguntan los votantes es a quién apoya el alcalde y cuál es el candidato del gobernador. Esto debería ser público y transparente, no un juego detrás de una cortina que, es transparente. Esta simulación le resta seriedad al Estado, nada más y nada menos que en la forma en que se determina el poder.

Lo más curioso es que nunca se castiga la participación política de los funcionarios públicos (porque es habitual), por lo cual lo que sí debería castigarse con firmeza es cualquier tipo de constreñimiento, obligar a la gente a votar por un candidato. Lo que por supuesto, solo será posible si la práctica política se realiza sin espacios ocultos.

Un mandatario debería poder caminar de la mano por la calle con su pupilo, con su heredero político, y que la gente decida si castiga con el voto o premia. Hacer a un lado la asimetría en la información quizá nos lleve a ser un país más democrático, o menos solapado. Así que, dejémonos de vainas y asumamos la política como lo que es.

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