Los gobernantes suelen desestimar las preguntas que se les formulan si estas no obedecen a los propósitos que, en buena medida, pretenden imponer por medio de sus propias narrativas. De norte a sur, de lo global a lo local, tan variados como quieran ubicarse en los extremos ideológicos, cada inquilino del poder despacha sobre lo que considera son ‘sus’ realidades.
Así mantienen el interés de sus seguidores, a veces con el riesgo implícito de convertirse en dogma, por medio de lecciones sustentadas desde la vanidad, “como pastores sin iglesia, como jueces sin sospechosos, como pájaros sin árbol”, tal cual los describe la escritora colombiana Melba Escobar, a estos hombres y mujeres que, a menudo, son capaces de entrar en una especie de trance que los eleva unos cinco centímetros del suelo.
De esta manera vamos perdiendo nuestra capacidad de discernimiento. “Este gobierno ha sido el más corrupto de la historia”, se apresuran a comentar quienes cuentan los días para que Gustavo Petro abandone la Casa de Nariño. Como la memoria es selectiva, se les olvida que, su némesis, ajustó una veintena de funcionarios condenados penalmente por correr la cerca con el fin de asegurar un tercer mandato de Álvaro Uribe.
Por eso el papel de la prensa es hacer memoria. A los medios de comunicación les corresponde formular las preguntas difíciles, aquellas que incomodan, que miden el talante de quien debe dar explicaciones, otra cosa distinta la llamamos relaciones públicas. No alcanzan los dedos de las manos para contar cuántos reporteros han tenido que poner su cabeza a cambio del ‘trato’ benévolo hacia uno u otro interés. No es ajeno ver cómo, desde el privilegio del poder, se entorpece el acceso a la información pública o se establece ese acuerdo bajo la mesa, tan dañino, de ‘hacernos’ pasito.
Cuando esto sucede perdemos como sociedad. Se abandona la capacidad de contrapreguntar y se estimula la ceguera ideológica. Los extremos recurren a las mismas artimañas, tanto, que terminan pareciéndose, lo que saca del juego la posibilidad de establecer un diálogo abierto, en donde quepan más de dos razones. Eso pasó justamente la semana anterior con la renuncia a participar en el Hay Festival, en Cartagena, de la magnífica escritora Laura Restrepo, como protesta al haber incluido dentro de la programación del evento cultural a la lideresa venezolana María Corina Machado, galardonada con el Premio Nobel de Paz.
En un festival destinado para el discernimiento caben todas las formas de pensar, lo que no lo matricula en una u otra tendencia, por lo que el argumento de Restrepo, a quien se le unieron Giuseppe Caputo así como la autora dominicana Mikaelah Drullard, le hace un flaco favor a lo que reconocemos como democracia.










