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Lunes 22 de diciembre de 2025 - 01:00 AM

Desde lejos, todo potrero se ve parejo

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El mayordomo solía repetir una frase del campo que me quedó sonando: “Desde lejos, todo potrero se ve parejo”. Con el tiempo descubrí que no hacía referencia al terreno, sino a algo más humano y cultural: la tendencia a ver lo de otros mejor, más valioso, más digno de admirar; y, en contraste, la facilidad con la que nos damos duro a nosotros mismos.

¿Por qué nos cuesta tanto reconocernos?

¿Por qué vemos talentos en otros que no reconocemos en nosotros?

Quizás porque cargamos el inventario completo de nuestros defectos e imperfecciones: conocemos nuestras dudas, nuestros errores, nuestros miedos. A los demás solo les vemos el resultado final, la versión editada, hoy amplificada en redes sociales. Esa comparación siempre nos deja en desventaja.

También es cultural. En Santander crecimos bajo una idea que nos marcó: no presumir, no celebrar, no hacer ruido. Nos enseñaron a trabajar duro, a cumplir, a ser firmes… pero no a reconocernos. Somos disciplinados para producir, pero tímidos para valorarnos. Por eso muchas veces no vemos lo grandes que somos, ni como personas, ni como familias, ni como empresas, ni como región.

Lo curioso es que quienes llegan de afuera sí lo ven. Ven la disciplina santandereana, la palabra cumplida, el carácter para emprender, la capacidad para salir adelante sin excusas. Ven un territorio que trabaja con constancia y una cultura que, sin darse cuenta, ha construido progreso en silencio. Lo ven ellos… y no siempre nosotros.

Tal vez por eso, este diciembre, merezcamos darnos un regalo distinto.

No algo material, sino una mirada.

El regalo de vernos con otros ojos.

De mirarnos con la misma suavidad con la que miramos a los demás.

De reconocer méritos que solemos minimizar.

De sorprendernos por lo que hemos logrado sostener en tiempos difíciles.

De apreciar lo que nuestras familias han construido, lo que nuestras empresas han creado, lo que nuestra región ha logrado empujar, aun con obstáculos.

Si pudiéramos vernos como nos ven desde afuera, nos asombraríamos. Descubriríamos que hemos sido más fuertes de lo que creemos, más creativos de lo que aceptamos, más valiosos de lo que nos permitimos admitir.

Por eso, en esta Navidad, vale la pena detenernos un instante para agradecer lo que somos. Para hablarnos con menos dureza y más justicia. Para reconocer que nuestra vida, con sus luchas y sus victorias, merece respeto, admiración y gratitud.

Porque cuando aprendemos a vernos con otros ojos, comenzamos a ver con justicia nuestros propios potreros.

Le comenté al mayordomo sobre el impacto que había tenido la frase y me respondió: “Al que le han de dar le guardan”. Ojalá seamos tan inteligentes como la naturaleza y tan sabios como el mayordomo.

¡Feliz Navidad!

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