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Jueves 08 de enero de 2026 - 01:00 AM

La leche derramada

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Los acontecimientos del pasado 3 de enero en Caracas han producido interpretaciones simplistas: un simple secuestro de un presidente o una simple captura de un delincuente reclamado por una corte neoyorkina. Como muchos lamentan una supuesta herida infringida a la soberanía del Estado venezolano, lo acaecido el 5 de enero puede tranquilizarlos: se posesionó en las funciones presidenciales la vicepresidenta, conforme a lo ordenado por una corte suprema, y lo mismo hizo el presidente reelecto de la Asamblea nacional venezolana. La soberanía de los Estados es solamente una aspiración política máxima.

Pero los acontecimientos trajeron a la memoria al máximo defensor de la soberanía en la época de los Estados Unidos de Colombia: Manuel Murillo Toro. Fue el publicista y político más importante del tiempo del radicalismo liberal, entre 1855 y 1885, y primer presidente del Estado federal de Santander. Con su brillante argumentación impuso el principio de la inviolabilidad de la soberanía de los nueve estados federales. En consecuencia, el poder ejecutivo de la Unión Colombiana no pudo intervenir en los asuntos internos de los estados soberanos. Por dos veces presidente de la República, pacientemente toleró las dos prácticas permanentes de la experiencia federal: el fraude electoral descarado y los pronunciamientos armados contra los poderes de los estados federales, seguidos por guerras civiles frecuentes.

Pero en 1880 comenzó a gobernar Rafael Núñez, un político que no estuvo dispuesto a tolerar más esa cultura política, dado que la Hacienda nacional tenía que pagar las reclamaciones de los extranjeros afectados en sus propiedades por las guerras internas de los estados federales. Un fraude electoral organizado en Santander por el general Solón Wilches terminó provocando la guerra civil de 1884-1885, la oportunidad que necesitaba Núñez para abolir la constitución de Rionegro y extinguir las soberanías de los estados federales. Los regeneradores se salieron con la suya y, después de la guerra de los Mil Días, borraron toda huella de soberanía en las secciones territoriales. Como las acciones armadas recomponen las cargas políticas, no hay que llorar sobre la leche derramada, sino estar atentos a los cambios políticos que vienen por el camino.

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