Cuando pienso en mi niñez y adolescencia, hay muy pocas cosas que de verdad me pesan. Una sí me acompaña con cierta incomodidad y es haberme burlado alguna vez del físico de alguien. No fueron muchas veces, pero con una basta para que uno, ya de grande, entienda la gravedad de haber usado el cuerpo de otro como motivo de risa. En ese momento uno cree que es chiste, cree que hace parte del juego cruel de crecer, pero lo cierto es que hiere.
Con el tiempo entendí que esa conducta no era inocente, aunque viniera de un niño. Y aprendí que burlarse del cuerpo ajeno dice mucho más del que se burla que de quien recibe la ofensa. La vida, afortunadamente, nos da la oportunidad de corregir, de madurar y de entender que hay cosas que, sencillamente, no se hacen.
Por eso me resulta tan difícil de creer lo ocurrido con la caricatura de Matador sobre Paloma Valencia. No por simpatías políticas pues cada quien votará por quien quiera sino por algo más elemental y es que un adulto, un profesional, alguien con influencia pública, recurra al cuerpo de una mujer para intentar desacreditarla. Eso ya no es humor sino un acto irrespetuoso tratando de venderse como chiste.
La diferencia entre las burlas torpes de un niño y las de un adulto es abismal. En los primeros existe ignorancia, falta de criterio, inmadurez. En los segundos hay conciencia y responsabilidad. Y peor aún, cuando esa burla viene de alguien con visibilidad, el impacto es mayor pues no solo hiere, sino que normaliza la violencia simbólica contra las mujeres.
A estas alturas de la vida pública, ya no deberíamos estar discutiendo si es aceptable o no burlarse del peso o la apariencia física de una persona. Menos aún de una mujer en política, donde históricamente han tenido que enfrentar un escrutinio que los hombres rara vez padecen. Lo mínimo que debería esperarse es respeto. Lo mínimo.
Uno puede discrepar de las ideas de Paloma Valencia, cuestionar sus posiciones o criticar su carrera. Eso hace parte de la democracia. Pero acudir al cuerpo, a la apariencia, a un rasgo físico, es una forma de agresión que no aporta nada al debate público. Y que un adulto, ya hecho y derecho caiga en eso, no solo es reprochable, sino que merece sanción social generalizada.
Quizá por eso me impactó la posición del caricaturista. Tal vez me recordó al niño que fui y al adulto que intento ser día a día. Lo de Matador es con intención y no se puede decir que se ignoraba su impacto contra una mujer.











