En plena precampaña presidencial, la controversia por una caricatura de Julio César González, conocido como Matador, contra la senadora Paloma Valencia ha desatado un debate crucial: ¿dónde empieza la crítica política y dónde termina el ataque al cuerpo y a la dignidad de una mujer? La publicación en redes sociales, que jugó con imágenes y estereotipos físicos para ridiculizar a Valencia, fue calificada por su partido y por instituciones como la Defensoría del Pueblo como violencia política de género y discriminación por su aspecto físico. El hecho incluso dio lugar a una denuncia ante el Consejo Nacional Electoral bajo la Ley 2453 de 2025, que busca prevenir y sancionar conductas que atenten contra la participación política de las mujeres.
Este episodio no es aislado ni exclusivo de la política. Casi al tiempo, un video que circuló tras un concierto de Bad Bunny en Lima, Perú, mostró algo aterradoramente similar desde una mirada social más cotidiana: una joven fue insultada, jalada del cabello y humillada verbalmente por su apariencia física, específicamente por su peso, en medio de la multitud. Comentarios como “las gordas como tú deberían pagar el doble” y agresiones físicas fueron narradas con angustia por la víctima en sus redes sociales.
Aunque los contextos difieran, uno político, otro social y de entretenimiento, la raíz es la misma: una cultura que sigue normalizando el juicio sobre los cuerpos de las mujeres como si fueran tema legítimo de burla o ataque. Cuando se usa la apariencia física para deslegitimar a una candidata o se agrede a una mujer en un concierto por “ocupar espacio” con su cuerpo, estamos ante prácticas que acentúan la violencia simbólica y material contra las mujeres.
En Colombia, estos comportamientos constituyen un panorama más amplio de violencia de género estructural. Encuestas y estudios evidencian que el acoso sexual callejero afecta de forma desmedida a mujeres y niñas en espacios públicos, y muchas veces queda impune o normalizado.
Esta cuestión va mucho más allá de defender cuerpos “agradables” o “aceptables”; se trata de reclamar el respeto fundamental que todas las mujeres merecen, simplemente por ser humanas. Defender a Paloma Valencia de ataques basados en estereotipos de cuerpo no es defender una ideología política, es propender por la dignidad de cualquier mujer frente a la violencia simbólica. Y demandar que nadie sea maltratado en un evento musical por su apariencia es afirmar, sin ambigüedades, que ninguna mujer debe ser objeto de violencia física o verbal por su cuerpo.
Criticar ideas, debatir propuestas políticas, disfrutar de un concierto, todas esas son experiencias válidas en democracia y en sociedad. Atacar, humillar o agredir a alguien por su cuerpo no lo es. Y mientras no abordemos esto con firmeza, seguiremos reproduciendo la misma violencia bajo distintos mecanismos, desde las redes hasta los estadios.










