Trump lleva años matoneando a raimundo y todo el mundo. Lo ha hecho impunemente con Macron, Zelensky, Kamala Harris, Delcy Rodríguez y hasta con la protagonista de esta columna.
Sin embargo, esto no parece importarle a María Corina Machado a juzgar por su patética visita a la Casa Blanca para entregarle la medalla del Premio Nobel de Paz al hombre que hace solo unos días bombardeó su país.
Aunque el Comité del Nobel ya había dicho, con todas las letras, que el premio es intransferible, ella no tuvo el menor escrúpulo en jugar con el prestigio de una de las mayores distinciones del mundo para saciar el capricho infantil del presidente que amenaza a Groenlandia, México, Colombia, Irán, Canadá y Nigeria, y que sueña con construir un resort sobre lo que queda de Gaza.
Pero no solo Alfred Nobel debe estar revolcándose en su tumba; también el mismísimo Simón Bolívar. Corina no solo rindió pleitesía al déspota que hoy maneja la patria del Libertador como si fuera su colonia, sino que, muy oronda, justificó su regalo con una distorsión histórica que recuerda el episodio de los “padres fundadores” de ese otro portento de la zalamería y el antipatriotismo latinoamericano: Iván Duque.
Luego del encuentro con Trump, la opositora venezolana dijo haber entregado la medalla a quien calificó como “heredero de George Washington”, en retribución a la que, hace 200 años, el general Lafayette entregó a Simón Bolívar como símbolo de hermandad y de lucha contra la tiranía. Báileme ese trompo en la uña.
Parece olvidársele a la señora Machado que Bolívar desconfiaba —y con toda razón— de las ambiciones expansionistas e imperialistas de James Monroe, las mismas que hoy Trump revive brutalmente y con las que, por ahora, atropella a Venezuela.
Entiendo que Corina quiera torcerle el brazo a la historia latinoamericana para ocultar su ambición de poder. Pero el tiempo dirá si su apuesta desesperada —cambiar el Premio Nobel por una bolsa de regalo marca Trump— le alcanza para nublar el descarnado realismo político del presidente estadounidense.
Por ahora, como si se tratara de una novela venezolana, María Corina- la prosternada- seguirá esperando a que el octogenario galán yanqui se decida por ella. Mientras tanto, este tipo de gestos innecesarios, indignos y políticamente torpes seguirán dándonos la razón a quienes no creemos en su supuesta causa democrática.












