Su apetito no se calma: quiere engullirse todo como un niño glotón y caprichoso. Sueña con ser emperador del mundo (si China lo deja), una vez que se ha proclamado también presidente de Venezuela. Quiere Groenlandia, quiere en sus delirios Canadá, quiere el Canal de Panamá otra vez, quiere Colombia, y seguro que no faltarán personas como Eugenio María Uribe, que solicitó anexar a Antioquia a los EE. UU. en 1854. También lo hizo Mariano Ospina Rodríguez, conspirador septembrino y fundador del Partido Conservador. Y en 1858 el procurador general, Florentino González de Cincelada, pidió anexar los Estados Granadinos a los Estados Unidos. Otro conspirador septembrino.
Quiere a México y también quisiera a Europa, que no responde, que no se anima, que se deja morder a Groenlandia por miedo a los aranceles y a perder su protección. Como un Napoleón de este siglo, empieza a gritar que “todo es mío”: la Antártida, la Amazonia, la luna, el sol, hasta el agua del páramo. Todo, como el chiste que dice: “el petróleo es estadunidense, aunque resida en Venezuela”.
Aspiraba al Nobel de la Paz, lo reclamaba, y su orgullo quedó herido porque sí se lo dieron a Kissinger, Sadat, Arafat, Obama, a Santos y hasta a una guatemalteca, Rigoberta Menchú. Él también tenía derecho; lo merecía más que nadie.
Ahora quiere hacer de Gaza un centro turístico. Una ciudad como Las Vegas, de juego y de jolgorio, como le gustan a él y le gustaban a Jeffrey Epstein y a mucho presidentico. Sueña con San Andrés y Cartagena porque todo es de él, ni siquiera de los Estados Unidos, donde es presidente. De él.
En su afán está incendiando a EE. UU., donde las armas están en cada esquina y en cada casa. Las marchas así lo indican: multitudinarias manifestaciones en muchas ciudades defendiendo la democracia, que a él ni a sus amigos les interesa. Trump vino a acabar el orden mundial, a establecer el caos mientras se proclama una persona de bien y amante de la paz. En ese caos de codicia que levanta por donde pasa, es posible que se generen conflictos que deriven en una guerra.
Como vaticinó Albert Einstein, según Rudseff: “La Primera Guerra Mundial se hizo con aviones; la Segunda, con bombas nucleares. No sé con qué van a hacer la Tercera, pero la Cuarta seguro que va a ser con piedras y palos”. Hacia allá vamos volando; el tiempo se acorta para soluciones humanas y el problema no es la ambición desmedida de Trump, sino el silencio cómplice de un mundo que la permite.










