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Lunes 26 de enero de 2026 - 01:00 AM

Lidere votos en voz alta o asuma las consecuencias del silencio

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La democracia es, como se ha dicho tantas veces, el peor sistema de gobierno… exceptuando todos los demás. Esa frase resume una verdad incómoda: la democracia funciona, pero no porque sea perfecta, sino porque tolera sus propias imperfecciones mejor que cualquier alternativa.

Su mayor virtud es también su mayor debilidad: permite que cualquiera que obtenga el respaldo popular pueda ejercer el poder. No exige buenas intenciones, ni honestidad, ni preparación técnica, ni solvencia ética. Basta con convencer. Con una narrativa eficaz, con carisma, con miedo, con resentimiento o con promesas imposibles, se puede llegar al poder sin tener las competencias mínimas para ejercerlo en beneficio colectivo.

En democracia, el voto de quien ha tenido acceso a formación, información y herramientas de análisis vale exactamente lo mismo que el voto de quien decide desde la desinformación, el prejuicio o la emoción momentánea. Esa igualdad, indispensable para la democracia, no elimina una realidad incómoda: el voto es tan sólido como la formación de quien lo ejerce.

¿Y qué ocurre cuando el elegido es nefasto? ¿Qué ocurre cuando una mayoría vota sin comprender el alcance de su decisión? Es ahí donde la democracia expone su fragilidad. No colapsa de inmediato, pero se degrada. Aparece el abuso del poder, la manipulación emocional, el pan y circo, la polarización y, finalmente, las tiranías que llegan por las urnas y se quedan erosionando las instituciones.

El voto es libre, sí. Pero no nos exime de responsabilidad. Mucho menos a quienes, por fortuna o por esfuerzo, contamos con educación, formación, experiencia y capacidad crítica. Pretender que el silencio es neutralidad o que “respetar todas las opiniones” equivale a actuar con superioridad moral es una comodidad peligrosa. En contextos críticos, la neutralidad no es prudencia: es irresponsabilidad.

No es momento para ser tibios. No es momento para equiparar todas las decisiones como si fueran igualmente informadas o responsables. Quienes lideramos empresas, equipos de trabajo, gremios o comunidades no podemos renunciar a ejercer una influencia formativa sobre quienes no han tenido acceso a las mismas herramientas de análisis.

Influir no es imponer. Formar no es adoctrinar. Hablar claro no es atropellar. Pero callar por miedo a incomodar sí es irresponsable.

La política no ocurre solo en los partidos o en las plazas públicas. Ocurre en las empresas, en los comités, en los almuerzos de trabajo, en las conversaciones cotidianas. O la hacemos conscientemente, con argumentos y convicción, o alguien más la hará por nosotros con simplificaciones, mentiras y emociones primarias.

Estas elecciones no admiten ambigüedades. O tomamos posiciones, claras, firmes y responsables, o las posiciones serán tomadas por otros en nuestro nombre.

La historia no juzga solo a quienes gobiernan mal, sino también a quienes pudiendo influir, decidieron callar.

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