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Miércoles 28 de enero de 2026 - 01:00 AM

La salud no se negocia con excusas

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En la Edad Media, en tiempos de San Agustín y Galeno, la humanidad aceptó tácitamente que los problemas del cuerpo eran asunto del médico y los del alma correspondían al sacerdote. Hoy contamos con nuevas evidencias, cada vez más sólidas, que señalan que estos dos aspectos no son separables; al contrario, están íntimamente ligados y casi nunca se puede afectar uno sin impactar el otro. Sin embargo, en nuestra cultura nos hemos acostumbrado a buscar soluciones rápidas, lo que podríamos llamar píldoras milagrosas, que nos evitan el sacrificio de realizar los cambios internos que tanto nos cuestan.

Si tenemos exceso de peso, buscamos una pastilla que nos haga adelgazar, pero rara vez aumentamos el nivel de ejercicio o hacemos modificaciones alimenticias reales y permanentes. Si el trabajo nos estresa, preferimos tomar medicamentos para la ansiedad antes que enfrentar los miedos que nos generan esa angustia. También sobrecargamos nuestros cuerpos y mentes con tareas y responsabilidades, hasta que inevitablemente aparece la enfermedad como una válvula de escape al exceso de carga que imponemos sobre nosotros mismos.

Con frecuencia atiendo pacientes con dolores severos, claramente asociados a actividades que los están enfermando más. Pero quizá no hay nada más difícil de cambiar que nuestros propios hábitos o costumbres. Tengo pacientes muy juiciosos para tomar un medicamento, pero si se les pide modificar la dieta, aumentar el ejercicio o, peor aún, aprender a tomar las cosas con más calma, difícilmente lo logran. Siempre encuentran la excusa perfecta para no hacerlo.

Las emociones, los hábitos y las costumbres están íntimamente ligados al desarrollo de las enfermedades. He sido testigo, por ejemplo, de personas que, aun sabiendo que su trabajo los está enfermando y que están cultivando un infarto, continúan en él por temor a no conseguir algo “tan bueno”. No consideran que el día en que pierdan la salud no podrán ejercer ni siquiera ese trabajo por el cual sacrificaron su bienestar. Y menciono el trabajo porque, en mi práctica, he comprendido que pocas cosas resultan tan dañinas como desempeñar una labor que no nos gusta.

“La verdadera medicina comienza cuando aceptamos que cuidar el cuerpo exige también sanar el alma; porque sin salud, ningún logro, ningún trabajo y ninguna excusa nos sostendrá.”

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