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Viernes 30 de enero de 2026 - 01:00 AM

Sentimos pena ajena

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La ordinariez es la pérdida del respeto que debe merecernos el tema de vivir en una sociedad cualquiera, es decir, el mal manejo que hacemos de las diferentes formas de cortesía o la falta de perspectiva que nos lleva a confundir la franqueza con la vulgaridad.

Es, también, el gesto que busca humillar, la palabra cuya intención es ofender, la actitud que muestra quien queriéndose hacer el gracioso se torna vulgar, es decir, es una falta absoluta de la delicadeza en el obrar.

A este comportamiento podemos oponer la cortesía, entendida ésta como las buenas formas en el proceder que ponen de manifiesto el nivel cultural de quien se comporta como tal y el reconocimiento tácito que hacemos de las personas con quienes interactuamos. Alguien dijo que la cortesía es “… la piel de la sociedad, esa barrera protectora que evita que nuestras asperezas individuales sangren al rosar con la de los demás”.

El ser cortés hace que con quienes nos relacionamos se sientan cómodos en nuestra presencia. Ejemplos de cortesía: la escucha activa que es el regalo más generoso que podemos dar; la puntualidad conocida como la cortesía de los reyes; la gratitud que hace que la palabra “gracias” sea un reconocimiento al esfuerzo ajeno y el arte de saludar que ha venido perdiendo elegancia, con el paso del tiempo.

La sociedades modernas se debaten entre el pulso de la ordinariez y la elegancia de la cortesía, siendo una lucha en donde por un lado están quienes confunden el espacio público con la extensión de su propio dormitorio, en donde no se entiende que su derecho a actuar termina donde empieza el de los demás, lo cual convierte al individuo en un patán desagradable y la conducta impecable de quienes comprendemos que vivimos entre seres humanos y regulamos nuestra conducta tratando de no fastidiar a los demás, guardando la compostura necesaria para lograr una adecuada convivencia social.

Por eso cuando todo un presidente en acto público expone sus asuntos personales relativos a su vida sexual está cometiendo una ordinariez, pues hay temas que pertenecen a la reserva mínima de la individualidad y someterlos al escrutinio público es una auténtica chabacanería que está fuera de lugar, donde quiera que se aplique.

Además, es propio de las personas elegantes mantener cierta discreción frente a asuntos que, al exponerse en público, pueden generar malestar, salvo que se pretenda presentar como grandioso aquello de lo cual se carece. Los colombianos merecemos respeto; sin embargo, desafortunadamente algunas personas no lo comprenden y actúan como verdaderos exponentes de la vulgaridad.

Así lo entendemos nosotros, es decir, tenemos un presidente que nos hace sentir pena ajena.

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