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Columnistas
Sábado 31 de enero de 2026 - 01:00 AM

Mirada de principiantes

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Hay un agotamiento del asombro. Un bostezo de la sorpresa. La inteligencia artificial, con su capacidad para producir imágenes, textos y escenas a una velocidad y variedad inéditas, ha empezado a erosionar uno de los motores más antiguos de la creatividad: la admiración ante lo excepcional.

Antes lo extraordinario ocurría a cuentagotas. Golpes duros de realidad siempre hubo, súbitos y desconcertantes, pero eran apenas excepcionales; su simbolización era una audacia, una representación excedida de ellos era una hazaña artística. Una pintura, un texto conmovedor, una fotografía singular, detenían el tiempo y la respiración porque no había otra igual esperando turno. Era la escasez de lo diferente.

Hoy, en cambio, basta un ‘prompt’ para que desfilen miles de representaciones digitales de lo insólito: ciudades imposibles, animales que rescatan humanos, gestas titánicas inverosímiles. La rareza se volvió rutinaria; casi toda es falsa, una defraudación a la realidad. Lo imposible ahora es cotidiano. Walter Benjamin advirtió tempranamente este fenómeno al reflexionar sobre la obra de arte en la era de su reproductibilidad técnica: al multiplicarse, la obra pierde su “aura”, esa singularidad irrepetible que la anclaba a un aquí y ahora. La inteligencia artificial no solo reproduce —como la fotografía o el cine— sino que prolifera sin descanso. Y en esa sobreabundancia, lo extraordinario se devalúa.

El segundo efecto es menos visible: la desmotivación creativa. La imaginación humana se nutre del deseo de alcanzar lo inalcanzable. Pintar lo nunca visto -o lo visto pero de una manera inédita-, fabular lo que desbordaba la experiencia común. ¿Para qué imaginar un dragón, un mundo o un acto extraordinario, si ya hay diez mil versiones mejor “resueltas” esperando en línea? Susan Sontag habló de la saturación de imágenes como una forma de anestesia moral y sensorial: el sobresalto se agota cuando la novedad se vuelve serial. El cerebro aprende rápido que el asombro es barato y por lo tanto prescindible. Y lo prescindible no merece cuidado ni compromiso.

Nada de esto implica descartar la inteligencia artificial. El mundo contemporáneo deberá valerse de ella como antes la humanidad se valió de la imprenta, la cámara o el computador.

Pero hay un límite ético urgente: proteger la infancia. Si los niños delegan demasiado pronto la imaginación en la herramienta, si el juego simbólico es reemplazado por la generación automática de imágenes, la creatividad —que es músculo— puede colapsar antes de formarse.

La tarea no es apagar la máquina, sino encender la imaginación. Asegurarnos de que, antes de pedirle al mundo que les muestre todo, los niños tengan tiempo de inventarlo. Porque sin asombro propio, ninguna tecnología, por brillante que sea, puede devolvernos la capacidad de mirar como si fuera la primera vez.

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