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Lunes 02 de febrero de 2026 - 01:00 AM

El arte de tener razón

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En días recientes, una internauta reclamaba la conveniencia de volver sobre Arthur Schopenhauer, a propósito de la habilidad del presidente Petro para desviar el foco del debate público frente a los escándalos, tropiezos y desatinos que suceden en su gobierno. La estrategia de recurrir a consignas ideológicas y aspectos de su vida personal para distraer la atención le ha sido particularmente eficaz.

En efecto, en la Dialéctica erística o el arte de tener razón, Schopenhauer consigna 38 estratagemas destinadas a “tener razón” a toda costa, sin preocuparse por la verdad o falsedad a que se está apelando. Son utilizadas por manipuladores expertos que buscan imponer sus puntos de vista, pero igualmente resultan útiles para el ciudadano, en la medida en que le facilitan identificar las tácticas de quienes pretenden engañarlo.

Además del recurso habitual de entorpecer una discusión mediante la introducción de otro tema —frecuente en políticos de todas las tendencias— o de propiciar una confusión para evitar una controversia en aspectos sustantivos, el filósofo alemán describe otras posibilidades no menos eficientes como proferir infundios contra el antagonista, aun sabiendo que carecen de sustento, pues el daño ya se habrá consumado cuando la falsedad salga a la luz. “Calumniad, calumniad, que de la calumnia algo queda”, aconsejaba con cinismo un célebre político colombiano.

También, provocar deliberadamente la irritación del contradictor, con la esperanza de que una reacción desmedida, un exabrupto o una frase sacada de contexto sirvan luego para descalificarlo de manera rotunda; o formular preguntas simultáneas sobre asuntos diversos, de modo que la omisión de una respuesta permita acusar al interlocutor de evasivo. Se suman la generalización abusiva de conceptos particulares, con el propósito de fabricar inconsistencias artificiosas; y las falsas disyuntivas, el uso de la burla o la ironía, como si guardaran relación con los argumentos del contrario. Declarar que una propuesta es válida en la teoría pero inútil en la práctica, o dar por terminado un debate cuando el adversario incurre en una prueba débil —aunque ello no invalide el conjunto de su razonamiento—, completa el repertorio.

Resulta, entonces, imperativo no dejarnos arrastrar por quienes jamás han estado interesados en esclarecer una verdad, sino en imponerse emocionalmente en la discusión y conducir a los electores hacia decisiones impulsivas, producto del ejercicio retórico y no de la reflexión serena. Con sentido distópico, en su novela 1984, George Orwell refiere la orden esencial que el partido de gobierno dio a los ciudadanos para mantenerse en el poder: “no crean ustedes en lo que ven sus ojos ni en lo que oyen sus oídos”.

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