Durante el siglo XX, el poder económico y geopolítico giró en torno al petróleo. Quien controlaba el llamado “oro negro” influía en industrias, economías y decisiones estratégicas a escala global. Hoy, ese paradigma comienza a transformarse.
A partir de la visión de Jensen Huang, CEO de NVIDIA, sobre la inteligencia artificial generativa y la computación acelerada, varios analistas han propuesto una metáfora poderosa: el petróleo del siglo XXI ya no está bajo tierra, está en los tokens.
No se trata de una frase textual de Jensen Huang, sino de una lectura de la visión que ha expuesto en distintos escenarios globales. En sus planteamientos ha señalado que el principal límite de la inteligencia artificial ya no es la falta de datos, sino la capacidad de procesamiento. El verdadero valor está en convertir esa información en razonamiento útil.
Para lograrlo, la IA actual exige computación acelerada a gran escala, capaz de operar volúmenes masivos en paralelo. De ahí su referencia a la llegada de las “AI factories”: infraestructuras donde el cómputo funciona como un sistema productivo que genera inteligencia del mismo modo en que una fábrica produce bienes.
Pero ¿qué es exactamente lo que producen esas fábricas de inteligencia? Unidades de razonamiento. Los llamados tokens no son criptomonedas ni simples fragmentos de texto: son la base con la que los modelos de inteligencia artificial interpretan datos, relacionan ideas y construyen respuestas.
En salud, por ejemplo, cuando un paciente consulta en una herramienta de IA: “tengo dolor en el pecho, ¿qué puede ser?”, el sistema descompone esa pregunta en múltiples elementos clínicos y contextuales que se analizan de forma conjunta. Cada uno representa una unidad de razonamiento que debe ser procesada. A mayor volumen y complejidad, mayor es la exigencia computacional.
Este enfoque resulta especialmente relevante para el sector salud. Los hospitales ya no solo atienden pacientes; administran grandes volúmenes de registros clínicos, imágenes médicas y modelos predictivos. El valor ya no está en almacenar estos insumos, sino en interpretarlos de manera oportuna, confiable y segura.
Aquí entra la computación acelerada, otro eje central de la visión de NVIDIA. A diferencia de la computación tradicional, se apoya principalmente en GPUs, procesadores diseñados para ejecutar miles de cálculos en paralelo, lo que permite analizar grandes volúmenes de estas unidades de razonamiento de forma simultánea.
En la práctica, esto se traduce en diagnósticos más rápidos, apoyo a la toma de decisiones clínicas, detección temprana de riesgos, optimización de procesos hospitalarios y avances en áreas como la genómica, la medicina personalizada y el desarrollo de nuevos fármacos.
La comparación es válida: así como el petróleo impulsó la revolución industrial, estas unidades mínimas de razonamiento están impulsando la revolución de la inteligencia. No mueven máquinas, pero sí modelos capaces de transformar la forma en que se previene, se diagnostica y se trata la enfermedad.
El desafío para las instituciones y los países no es solo recolectar datos, sino invertir en infraestructura de computación acelerada, talento y modelos que permitan convertirlos en conocimiento. La inteligencia artificial ya está en marcha. Quienes actúen ahora estarán mejor preparados para liderar el cuidado de la salud en las próximas décadas.












