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Martes 10 de febrero de 2026 - 01:00 AM

La viuda de los Jueves Santo

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En Altagracia, los domingos se reservan para las viudas legítimas. Esas que caminan con velos de encaje que huelen a naftalina y ostentan el título de “La Esposa de...”. Ellas tienen el monopolio de las flores y el permiso parroquial para desmayarse frente al ataúd.

Elena, en cambio, no tiene velo. Tiene un teléfono que dejó de sonar y un labial rojo que ahora parece una herida.

Elías murió un martes. El miércoles, Altagracia se llenó de cintas negras en la casa de la calle principal. Hubo esquelas con nombres de hijos, nietos y una esposa abnegada. El nombre de Elena no aparecía en ninguna parte. Para el registro civil, Elena no existe; para la moral del pueblo, es una nota al pie de página que debe borrarse con cianuro.

Mientras el pueblo enterraba al “Gran Ciudadano”, Elena cargaba con su sombra: una sombra con forma de llave. Una llave que ya no abría ninguna puerta, porque la cerradura de la alcoba secreta había sido cambiada por el silencio de la muerte.

—“¿Por qué esa cara, Elena? Ni que fueras familia”— le dijo la cajera del banco al verle las ojeras.

Elena quiso gritar que ella era la dueña de sus risas de medianoche, la que conocía la cicatriz de su espalda y el miedo que Elías le tenía a la oscuridad. Pero en Altagracia, si no hay anillo, no hay llanto. El dolor sin acta de matrimonio es considerado un escándalo o, peor aún, una exageración.

La sombra-llave creció hasta volverse un ancla. Elena caminaba por la plaza sintiendo que el pavimento se tragaba sus pies.

Entonces, cerca de la fuente, vio a un hombre joven mirando fijamente una banca vacía. No tenía cinta negra, pero a su lado flotaba una sombra con forma de carta quemada. Era el duelo por un amor que nunca pudo decir su nombre, un romance prohibido que murió en el clóset de una casa prestigiosa.

Sus miradas se cruzaron. No hubo necesidad de explicar la genealogía del desastre.

—“Se llamaba Elías”— susurró ella, liberando el nombre que tenía atragantado.

—“Se llamaba Julián”— respondió el joven.

En ese instante, la llave de plomo de Elena se fundió. No desapareció, pero dejó de ser un lastre para convertirse en un amuleto. Ella no necesitaba que el cura la mencionara en la misa, ni que el pueblo le diera el pésame. Ella era la viuda de los Jueves Santo, la dueña de una historia que ninguna cinta negra podría jamás abarcar.

Regresó a su cuarto, se pintó los labios de ese rojo que a él tanto le gustaba y brindó con el aire. En Altagracia seguían contando los metros de tela negra, pero Elena ya no era una sombra: era un incendio.

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