Publicidad

Columnistas
Miércoles 11 de febrero de 2026 - 01:00 AM

La muerte como nacimiento: un inicio hacia lo desconocido

Compartir

He crecido bajo los preceptos de la Iglesia católica y siempre me ha parecido un misterio: hablamos de una vida maravillosa después de la muerte, pero lloramos con desgarro cuando alguien que amamos se va. Esa paradoja nos acompaña como una sombra: la promesa de eternidad frente al dolor de la ausencia. Y, como muchos creyentes, también he sentido la duda que algunos llaman falta de fe. Entonces, la pregunta se abre como un abismo: ¿hay realmente algo después de la muerte?

Hoy, más que nunca en mí vida, después de acompañar a cientos de pacientes en su tránsito final, lo afirmo desde un convencimiento más personal que religioso: estoy seguro de que sí.

Me gusta comparar la muerte con otro episodio de la existencia: el nacimiento. Pensemos en la vida del feto antes del parto. Hay un desconocimiento absoluto de lo que vendrá después, y aunque el parto es un proceso traumático, le permite al bebé pasar de un estado cómodo pero limitado a un universo infinito de nuevas posibilidades. A veces, los médicos y las familias de un paciente moribundo actúan como si intentaran detener un parto que ya ha comenzado.

¿Qué me lleva a esta afirmación sobre la vida después de la muerte? En primer lugar, como anestesiólogo recuerdo varios casos en los que un paciente estuvo físicamente muerto y, tras maniobras de resucitación, volvió a este mundo. Siempre me ha gustado conversar con estas personas y escuchar sus relatos, que suelen coincidir en lo esencial: describen una sensación de flotabilidad en la habitación, recuerdan detalles imposibles de percibir desde la mesa de cirugía, se observan a sí mismos y a su entorno, ven pasar su vida como una película y, finalmente, contemplan una luz que no genera terror, sino calma y amor.

También ha sido relativamente frecuente, sobre todo con pacientes con quienes establecí una conexión especial, recibir alguna señal particular de su partida: por ejemplo, soñar con ellos justo el día de su muerte. No me alcanza esta columna para narrar las múltiples anécdotas relacionadas con este tema —quizás algún día sean parte de un libro—, pero todo esto ha reforzado en mí la convicción absoluta de que la muerte no es el fin, sino el inicio de algo maravilloso.

Finalmente, hay una constante que observo en mis pacientes al final de la vida: quienes tienen esta férrea convicción transitan con mayor serenidad sus últimos días. Sé que es un tema polémico, pero también sé que para quienes no creen, el final suele ser mucho más duro.

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día