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Jueves 12 de febrero de 2026 - 01:00 AM

La monotonía también separa

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Las parejas no siempre se acaban por una pelea grande, tambien se acaban

por el desgaste pequeño, por los días iguales, por las conversaciones que ya no existen, por el beso automático, por el cansancio que siempre gana.

La rutina es necesaria para vivir, pero mortal para amar.

Sin darnos cuenta empezamos a convivir en vez de encontrarnos.

Y lo peligroso es que no se siente como tragedia.

Se siente normal.

“No estamos mal”, dicen muchos.

Y tienen razón: no están mal.

Pero tampoco están vivos.

La monotonía adormece el vínculo. Quita curiosidad. Apaga el deseo. Reduce al otro a una función: mamá, papá, proveedor.

Y nadie se enamoró de una función.

Como psiquiatra veo el mismo patrón una y otra vez en mi consultorio con las parejas: personas que no dejaron de quererse, pero dejaron de elegirse.

El amor necesita intención. Necesita tiempo que no sobre. Conversaciones incómodas. Detalles que rompan el libreto.

A veces el problema no es falta de amor.

Es exceso de comodidad.

Y la comodidad, aunque sea agradable, erosiona lentamente lo que más valoras.

La pregunta es brutal y honesta:

¿Hace cuánto no sorprendes a tu pareja?

¿Hace cuánto no la escuchas sin mirar el teléfono?

¿Hace cuánto no vuelves a verla como la persona que te enamoró?

No necesitas otra pareja.

Necesitas otra manera de estar en la que tienes.

Despertar la relación duele. Exige. Incomoda.

Pero es infinitamente mejor que verla morir en cámara lenta.

Cuando una pareja se aleja de Dios, tarde o temprano termina alejándose entre sí.

Pero cuando lo ponen en el centro, incluso lo gastado puede renacer.

Tal vez no necesitan empezar de cero.

Tal vez necesitan volver al origen.

El amor no se destruye de un golpe.

Se abandona.

Se abandona cuando el orgullo pesa más que el vínculo.

Cuando prefieres tener razón en lugar de tener relación.

Cuando hablar parece más incómodo que seguir lejos.

Y alguien tiene que romper eso.

Tal vez te toca a ti.

No porque seas el único responsable, sino porque eres el que se dio cuenta.

Esperar a que el otro cambie primero es la forma más elegante de no hacer nada.

Si esta columna te arde, es porque te describe.

Y todavía hay algo que salvar.

Así que no la admires.

No digas “qué cierto”.

No la uses para señalar al otro.

Úsala para empezar.

Envíala ahora mismo.

Sí, ahora.

Y escribe:

“No quiero que terminemos siendo dos extraños viviendo juntos. Hablemos.”

Tal vez sea incómodo.

Tal vez haya lágrimas.

Tal vez aparezca todo lo que evitaron durante años.

Bien.

Peor sería seguir anestesiados.

Una pareja despierta puede reconstruirse.

Una dormida solo administra la despedida.

Todavía están a tiempo.

Pero no para siempre.

Bienvenidos a la clinica del alma.

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