Quizá el problema de hoy no sea soledad, sino nuestra dificultad de sostener un vínculo, porque vincularse no es cómodo. Amar implica esfuerzo: trabajo en el otro y en uno mismo; requiere tiempo, conversaciones retadoras, vulnerabilidad, pedir perdón cuando el ego quisiera tener la razón, ser honestos y reconocer que a veces reaccionamos desde heridas que ni siquiera sabíamos que estaban ahí o que, en el fondo, tampoco hemos decidido sanar.
Y eso incomoda.
Formar y cultivar una relación se ve así: dos mundos distintos intentando encontrarse. Dos historias, dos maneras de amar, dos formas de reaccionar ante el miedo, el dolor o el conflicto. Cruzar esos mundos, tratar de hacer uno solo, no es fácil y nunca lo ha sido, pero hoy parece aún más difícil.
Vivimos en una época en la que el “yo” se ha popularizado tanto, que nuestras elecciones siempre giran en torno a nosotros mismos. En muchos sentidos, eso es necesario. Por ejemplo, durante un tiempo, muchas personas -en especial las mujeres- se quedaron en relaciones por dependencia económica o por la idea de que eso era “sostener un hogar”. Salir de ese modelo es un avance histórico y emocional.
Sin embargo, en ese camino también surgió otra tendencia. Si estar con alguien implica subir o bajar algunos escalones, ceder un poco, revisar nuestras sombras, tener conversaciones difíciles o sostener procesos incómodos, preferimos evitarlo. Abandonamos para volver a nuestra zona de confort, evadimos los vínculos porque esto exige algo que hoy parece escaso: perseverancia emocional.
Todos queremos sentirnos amados, vistos, cuidados, acompañados; pero amar también significa, en algunos momentos, dejar de ser el centro. No perderse ni desaparecer, sino tener la capacidad de mirar al otro con empatía y preguntarse: ¿cómo cuidamos esto que estamos construyendo?
Tal vez por eso la soledad está creciendo. En Colombia, cerca del 18% de los hogares están conformados por una sola persona, y entre los jóvenes alrededor del 27% afirma sentirse solo. Son cifras que invitan a pensar, porque nunca habíamos tenido tantas formas de conectarnos y, al mismo tiempo, nunca había sido tan difícil permanecer.
También cargamos con historias que no nos enseñaron a amar mejor. Muchos crecimos viendo relaciones donde el amor se confundía con sacrificio, silencio o desigualdad. Aprendimos lo que no queríamos repetir, pero nadie nos enseñó cómo hacerlo distinto, y construir algo distinto requiere valentía.
Valentía para quedarse cuando sería más fácil desaparecer, valentía para escuchar lo que incomoda, para pedir perdón o para volver a intentarlo las veces que se necesite. Porque amar no es solo encontrar a la persona correcta; es convertirse en alguien dispuesto a construir con otro.
Hoy, mientras el mundo nos insta a rendirnos rápidamente, donde se forjan relaciones efímeras y donde la conexión parece más bien una utopía, la verdadera invitación es a ser más simples, más humanos: seguir intentando amar, aprender a hacerlo mejor y volver a intentarlo las veces que haga falta.










