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Miércoles 25 de marzo de 2026 - 01:00 AM

Callar hasta desaparecer

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La idea de que “los hombres no lloran” se ha repetido durante décadas. No se quejan, no sienten demasiado. Y aunque muchos son conscientes de que no es cierto, el peso de esa expectativa sigue moldeando la forma en que crecen, se relacionan y, sobre todo, se callan.

En Colombia, la soledad masculina no es menor. Cerca del 79% de los suicidios en el país corresponden a hombres. En algunas mediciones, la cifra alcanza el 80%; es decir, por cada mujer que se quita la vida en el país, aproximadamente 4 hombres lo hacen. No porque sufran más, sino porque enfrentan el dolor en silencio.

A muchos de ellos nunca se les enseñó a reconocer sus emociones, mucho menos a decirlo en voz alta. Crecieron aprendiendo a resolver, sostener y resistir, pero no a compartir, no a pedir ayuda, no a mostrarse vulnerables sin sentir que están fallando.

Esa incapacidad de etiquetar sus afectos no es un rasgo individual: es el producto de una crianza que ha privilegiado la dureza sobre la sensibilidad. Desde pequeños, se corrige el llanto, se minimiza el miedo, se ridiculiza la ternura. ¿El resultado? Una desconexión profunda entre lo que se siente y lo que se permite expresar; una distancia que pesa con el tiempo.

Los números lo ratifican, pero también lo explican. Muchos hombres no acceden a redes de apoyo emocional ni buscan ayuda profesional, en parte por los estigmas asociados a la masculinidad. De esta manera, la tristeza se convierte en irritabilidad, la angustia se torna en aislamiento y el sufrimiento se esconde hasta volverse insoportable.

Este no es un problema individual. Es una deuda cultural.

Nos urge transformar la manera en que estamos criando a las nuevas generaciones. Necesitamos niños conscientes de que sentir no es una debilidad, que puedan nombrar su tristeza sin vergüenza, que entiendan que la sensibilidad no los hace menos hombres, sino más humanos.

Criar desde la empatía implica también enseñarles a reconocer las emociones en otros, a escuchar sin juzgar, a acompañar sin corregir. Implica darles permiso —real, cotidiano— para ser vulnerables. Y, sobre todo, ofrecerles referentes adultos que modelen esa apertura emocional sin miedo.

Hablar de la soledad masculina no significa señalar a los hombres, sino comprenderlos. Muchos de ellos han sido formados en el silencio emocional. Su verdadero problema no radica en que no sientan, sino en su aversión a la vulnerabilidad o a expresar sus emociones. Para ellos, sentir en voz alta no estaba permitido.

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