Cuando se piensa en la guerra de Medio Oriente, de manera automática se asocia con el aumento de los precios de los combustibles. No solo porque la mayoría de países de esta zona contienen las grandes reservas de petróleo del mundo, sino porque por el Estrecho de Ormuz se moviliza entre el 20 y el 30 % de la oferta global de crudo, una proporción determinante para el funcionamiento de la economía.
Sin embargo, hay un elemento que casi siempre queda por fuera del análisis. Por esa misma ruta transita cerca del 45 % de las exportaciones mundiales de urea y un tercio del comercio de fertilizantes nitrogenados, insumos esenciales para la producción de alimentos, por tanto, para la estabilidad de los precios.
Es decir, la guerra declarada por Estados Unidos e Israel contra Irán, cuya resolución parece cada vez más incierta, no solo pone en tensión el precio de la gasolina que mueve nuestra economía fosilizada, sino también el plato que nos llega a la mesa.
Menos fertilización implica, por definición, menor productividad o mayores costos y, en ambos casos, el resultado es el mismo. Alimentos más caros. Es en este punto donde la inflación deja de ser un concepto técnico producido por las entidades encargadas de la estadística nacional y se convierte en una presencia incómoda al momento de mercar.
El caso colombiano, por lo demás, es particularmente sensible y revela una debilidad estructural. No solo importamos una gran proporción de los alimentos que consumimos, pese a contar con condiciones naturales suficientes para abastecer buena parte de nuestra demanda, sino que además dependemos en cerca de un 90% de fertilizantes importados, un nivel considerablemente superior al promedio de América Latina (72%).
La mayor parte de estos insumos proviene de Rusia, Estados Unidos y China. Por eso, tras el estallido de la guerra en Ucrania en 2022, otra que tampoco parece encontrar una salida rápida, el país experimentó un fuerte aumento en los precios de los alimentos, lo que arrastró la inflación por encima del 13 % en 2023, el nivel más alto registrado en lo corrido del siglo XXI y uno de los más altos de la región.
En otras palabras, a pesar de que los misiles caen a miles de kilómetros, en un mundo hiperdependiente como en el que vivimos, las consecuencias no se hacen esperar. Cada interrupción en las complejas cadenas de suministro, cada tensión en las rutas estratégicas, cada decisión geopolítica termina reflejándose en la calidad de vida de millones. Porque, como advertía Edward Lorenz, padre de la teoría del caos, al referirse a la alta sensibilidad de sistemas complejos: “el aleteo de una mariposa en Brasil puede provocar un tornado en Texas”.











