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Domingo 29 de marzo de 2026 - 01:00 AM

El último presidente

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El 31 de mayo no estamos frente a una elección normal. Estamos frente a una decisión histórica que puede marcar el punto de quiebre entre la democracia que conocemos y un modelo completamente distinto de poder.

Y ese riesgo tiene una tesis clara: Colombia podría pasar de una democracia a una dictadura constitucional.

No una dictadura tradicional. No tanques en la calle ni cierre abrupto del Congreso. Algo mucho más sofisticado, y por eso más peligroso: usar la Constitución para concentrar poder.

Así empiezan estos procesos.

Primero, se instala la idea de que el sistema está podrido. Que las instituciones no sirven.

Que la justicia es selectiva, que el Congreso no representa al pueblo, que el modelo económico es injusto. Se construye un ambiente de indignación permanente. Después viene la solución: “hay que cambiarlo todo”.

Reformas profundas. Constituyente. Reestructuración del Estado. Todo bajo un discurso que suena correcto: justicia, equidad, transformación.

Pero ahí ocurre el punto de quiebre.

Para hacer esos cambios, alguien necesita poder. Mucho poder. Y ese poder se concentra, casi siempre, en el Ejecutivo.

Se debilitan los contrapesos. Se presiona a las cortes. Se reconfigura el sistema.

Y cuando eso pasa, la democracia no desaparece. Se transforma.

Sigue habiendo elecciones. Sigue habiendo Constitución. Pero el equilibrio se rompe. Y sin equilibrio, la democracia deja de ser un sistema de libertades y se convierte en un mecanismo de control.

Eso es lo que está en juego. Y por eso esta elección no es una más. Porque hoy hay un candidato que lidera, que tiene una base ideológica clara y que representa ese modelo de transformación profunda del Estado: Iván Cepeda.

Cepeda no es un candidato improvisado. Tiene una trayectoria, una visión y una narrativa que encajan perfectamente en ese esquema: cuestionamiento del orden institucional, defensa de cambios estructurales y una idea de país donde el Estado tiene un rol mucho más dominante.

El problema no es que exista esa visión. El problema es que hoy tiene la mayor probabilidad de ganar.

Y mientras eso ocurre, el resto del electorado está dividido. Fragmentado. Disperso entre múltiples candidaturas que compiten entre sí mientras él consolida su base.

Ese es el error histórico. Porque cuando una opción está organizada y las demás están divididas, el resultado no depende de mayorías… depende de quién entiende mejor el momento.

Por eso el 31 de mayo no es una primera vuelta. Es la segunda vuelta.

Es el momento en el que los ciudadanos deben decidir si votan por afinidad o por responsabilidad. Si votan por el que más les gusta o por el que realmente puede ganar y

evitar un cambio estructural del sistema político. Aquí no hay espacio para el voto ingenuo.

Porque la historia en América Latina ha sido clara: los cambios más profundos no se hicieron por la fuerza, se hicieron con votos. Con mayorías que no entendieron que estaban

votando no solo por un gobierno, sino por un modelo de poder. El 31 de mayo no se elige solo un presidente. Se define si estaremos frente al último presidente.

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