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Lunes 06 de abril de 2026 - 01:00 AM

El Estado tortuga y la liebre del mercado

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El mundo cambia en tiempo real, pero el Estado sigue operando en tiempo diferido. En muchos casos, las normas ni siquiera han terminado de entrar en vigencia cuando ya son obsoletas.

Colombia lo evidencia con claridad.

Movilizamos más de 40 millones de pasajeros al año en vuelos domésticos, siendo uno de los mercados más importantes de la región. No necesariamente por planeación estratégica, sino porque nunca logramos desarrollar una infraestructura terrestre eficiente que conecte el país.

Lo mismo ocurre con las motocicletas. Colombia supera los 11 millones de unidades registradas, con uno de los índices per cápita más altos de América Latina. No es preferencia, es necesidad: ausencia de sistemas de transporte masivo eficientes y soluciones logísticas formales.

En el sistema financiero, la historia se repite. Plataformas como Nequi, con más de 18 millones de usuarios, han crecido de manera extraordinaria al atender una población que la banca tradicional no logró cubrir: informal, rural y dispersa.

Incluso la masificación del celular, más de 70 millones de líneas activas en un país de 50 millones de habitantes, no fue solo una evolución tecnológica, sino una respuesta a vacíos estructurales en comunicación.

En todos estos casos hay un patrón: el mercado, como liebre, encuentra soluciones donde el Estado, como tortuga, no llega, llega tarde o llega mal.

Y, sin embargo, seguimos intentando regular el pasado.

Llevamos años debatiendo la legalidad de plataformas como Uber o Airbnb, cuando en la práctica ya transformaron la movilidad y el uso de la vivienda. Ya son parte del sistema, independientemente de lo que diga la norma.

Mientras tanto, la inteligencia artificial está redefiniendo industrias en tiempo real, y el Estado apenas empieza a interpretar fenómenos que ya quedaron atrás.

El problema no es solo el tamaño del Estado, es su velocidad y su capacidad de adaptación.

El mercado, tanto formal como informal, evoluciona con estrategias emergentes: se adapta, prueba, corrige y escala en tiempo real. El Estado, en cambio, opera con estructuras rígidas: define, reacciona tarde, regula y se ajusta años después.

Esa diferencia de velocidad es, en el fondo, la raíz del problema.

Por eso la discusión no es cómo controlar más, sino cómo adaptarnos mejor.

Simplificar para reducir fricciones.

Experimentar en lugar de rigidizar.

Y, sobre todo, aprender del mercado, que no es perfecto, pero sí un sistema poderoso de información.

El mercado ya entendió. La pregunta es si el Estado está dispuesto a aprender.

En un mundo que cambia todos los días, el poder ya no está en controlar. Está en adaptarse.

Es imperativo un Estado más ágil, competente y adaptativo; capaz de promover la innovación, el emprendimiento y la generación de oportunidades en todas las regiones del país.

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