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Martes 14 de abril de 2026 - 01:00 AM

La Grieta Moral: El Silencio que Contamina a Santander

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La crisis hídrica en Santander ya no es una cifra escondida en un informe técnico para convertirse en una grieta moral. Cuando el 88,5% de los municipios no informa sobre la calidad de su agua y el 82% de las aguas residuales se vierten sin tratamiento alguno, no estamos ante un accidente administrativo. Es una conducta reiterada que normaliza la omisión y legitima el daño. Una pirámide de desprecio institucional que comienza por no medir y termina por contaminar.

En ese escenario, el Triángulo VRC —Verdad, Respeto y Coherencia— se derrumba. No medir es una forma de cegarse a conveniencia; contaminar, una expresión de desidia elevada a política pública. Y mientras tanto, el territorio pierde dignidad en un silencio que invisibiliza riesgos reales. Miles de estudiantes rurales beben lo que no se controla y padecen lo que no se reporta.

Esta desconexión entre la abundancia natural y la labilidad administrativa agrede al ecosistema y agota el lenguaje. Llegará el día en que los discursos en defensa del agua serán más breves, no porque falten razones, sino porque faltará agua para humedecer la garganta de quienes aún se atrevan a hablar.

En ese mismo paisaje de aridez, la seguridad alimentaria empieza a parecer un mal chiste. Pensar en leche sin agua no es un recurso literario, es la proyección lógica de un sistema que olvidó que el agua no es un insumo más, sino el hilo invisible que sostiene la vida.

Las columnas precedentes ya dejaron al descubierto una verdad incómoda: en Santander, la ausencia de datos es una forma de violencia y la falta de infraestructura una traición a la coherencia social. Pero este espejo no nos refleja solo a nosotros. Lo que vemos es el síntoma local de una enfermedad global.

El informe mundial de Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos 2026 trae confirmaciones alarmantes. La ONU pone nombre a lo que aquí padecemos: una crisis sistémica de desigualdad que tiene rostro femenino. Más de 1.000 millones de mujeres carecen de acceso a servicios de agua seguros. Y como ocurre en Santander con los municipios que no reportan su IRCA, el mundo invisibiliza el trabajo de cuidado y recolección que recae sobre ellas, limitando su derecho a la educación, al desarrollo y a la decisión.

La crisis del agua no es técnica, sino política y ética: un grado más de calor empobrece selectivamente a las mujeres, reduciendo sus ingresos en un 34%. El liderazgo femenino es importante para gestionar con respeto una abundancia que hoy desperdiciamos. Santander debe entender que su problema no es la falta de caudal, sino la falta de integridad; sin datos ciertos ni coherencia en los desechos, el silencio será el único registro de nuestro colapso.

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