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Miércoles 15 de abril de 2026 - 01:00 AM

¿Qué hace falta valorar?

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Valorar no es algo que se enseñe o se aprenda; valorar es algo que se descubre. Asignarle importancia a lo que existe, a lo que se recuerda o se idealiza, es una singularidad que argumenta nuestro transitar por la vida, relativizando su sentido.

Sería una absoluta ingenuidad suponer que las personas valoran las cosas por igual, sin advertir que cada uno aprecia lo que tiene a partir del valor que se logre otorgar a sí mismo…

Es común encontrar personas que anhelan una vida cargada de valor en función de lo que pueden acumular, mientras que otros simplemente reconocen que lo más valioso que tienen es la vida misma, sin tener que añadirle algo más.

Transmitir valores a alguien con la intención de que mejore su vida y la de los demás, desafía los límites del entendimiento humano. Los valores, esa construcción mental que fundamenta el comportamiento ético y que busca cimentar un entorno virtuoso donde sean tangibles el respeto y la bondad, por ejemplo, son el resultado del intento previo de formar en cada individuo una inmutable identidad primaria que le posibilite conocerse, respetarse y apreciarse a sí mismo.

Pero, en la vida, las cosas no siempre se dan en el mismo orden en el que se expresan: cuando la formación que recibimos a temprana edad ha sido insuficiente para motivarnos a descubrir nuestro propio valor, la realidad nos devuelve la posibilidad de hacerlo, por el simple hecho de vivir en sociedad. Entonces, nos encontramos con agentes externos que directamente nos invitan a aprender a valorar lo que somos y lo que tenemos para que, con más inteligencia que suerte, nos demos esa oportunidad. Siempre habrá tiempo para comenzar.

¿Puede un país entero, una región o una ciudad descubrir cómo valorarse en medio de las contrariedades que han desgastado su identidad?

Una manera efectiva de responderlo es reconociendo las iniciativas de recuperación y valoración de los recursos naturales que abundan en los territorios latinoamericanos, como lo proponen los arquitectos santandereanos Iván Acevedo y René García, quienes hacen parte de la Capital mundial de la arquitectura, Barcelona 2026.

Desde allí, con la muestra titulada “La Vall del Riu d’Or: Regeneració rurbana als Andes orientals de Colòmbia”, el departamento de Santander se proyecta en la escena internacional a partir de la experiencia que estos arquitectos han concebido, valorando el agua como eje de transformación y preservación de lo social, lo urbano y lo cultural.

Hace diez años, Iván Acevedo contribuyó a que Bucaramanga soñara con una propuesta urbanística que integraba directamente la presencia humana con el disfrute de espacios cotidianos de la ciudad, inspirada en la “Lógica, ética y estética” que, en mi opinión, no supimos valorar.

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