A propósito de los difíciles sucesos de esta semana en el suroccidente del país, vale la pena reflexionar sobre un concepto que nace del cuidado paliativo y transforma la forma en que interactuamos en nuestros barrios: la compasión.
Tuve la oportunidad de conocer este modelo de primera mano en San Diego, California, hace varios años. En ese momento comenzaba a hacerse evidente una realidad cada vez más común en nuestro entorno: personas mayores o enfermas que viven solas o con una familia muy reducida. En muchos casos, hay un solo proveedor que debe salir a trabajar y dejar en casa a un familiar que no está tan grave como para estar hospitalizado, pero tampoco tan bien como para valerse por sí solo durante el día.
Desde el servicio de cuidado paliativo, en articulación con trabajadores sociales y voluntarios, se organizaba a los vecinos para tejer una red de apoyo informal. Cada uno aportaba según sus posibilidades: una vecina preparaba el almuerzo, el joven de al lado sacaba a pasear a la mascota y otro ayudaba con las compras básicas. Pequeños granos de arena que, sumados, le devolvían la dignidad y el bienestar al paciente.
Hoy, en medio de las complejas realidades que atravesamos en el país, necesitamos ser más compasivos que nunca. Lo fascinante de esta iniciativa es que los barrios o edificios donde se implementó no solo mejoraron la vida del paciente, sino la de toda la comunidad. En una época en la que la mayoría vive sin siquiera saber el nombre de quien habita al lado, integrar a los vecinos redujo los índices de inseguridad, aumentó la solidaridad y fortaleció el tejido social.
Esta vivencia me recordó mi año de servicio rural en Cimitarra, Santander. Guardo un cariño especial por la comunidad del corregimiento de La India, una zona duramente golpeada por el conflicto armado. Ellos lograron organizarse a través de la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare (ATCC), un histórico proceso de resistencia pacífica que en 1990 fue galardonado con el Premio Nobel Alternativo (Right Livelihood Award) por su valentía para traer paz a su territorio.
Esa misma organización social funcionaba de maravilla en la salud pública. Recuerdo en especial a uno de mis pacientes con tuberculosis que vivía solo: sus vecinos se turnaban para recordarle tomar los medicamentos a diario, logrando que completara su tratamiento con éxito.












