En 1963, la bumanguesa Elisa Mujica publicó Catalina, una novela que retrata a la mujer colombiana de inicios del siglo XX y subvierte los relatos épicos masculinos y la moral tradicional de su época. Como bien señala Pilar Quintana, la novela evoca la rabia de tener que probar constantemente la valía femenina para ser aceptada como escritora, y a diferencia de la narrativa aleccionadora o con desenlaces morales arraigados de ese tiempo, plantea un drama sin soluciones cerradas ni complacencias.
Ambientada en los años posteriores a la Guerra de los Mil Días, la historia transcurre a través de la mirada de Catalina Torres, una mujer de letras y de gran sensibilidad, pero confinada al ámbito privado del hogar en una época en la que la supervivencia de la mujer dependía estrictamente de la condescendencia ajena y se transitaba sin escalas de la tutela del padre a la del esposo. De las mujeres se esperaba modestia, virginidad y sumisión, convirtiendo el matrimonio en un pacto económico. La madre de la protagonista lo deja claro al afirmar que buscaba un yerno que rescatara las fincas familiares, usando el destino de su hija como moneda de cambio.
Catalina vive bajo la sombra de Samuel, un esposo infiel y violento que camufla su crueldad bajo la visión masculina: «Si no nos dejan vivir de acuerdo con nuestros ideales, seremos capaces de morir por ellos». Sin embargo, la novela subvierte este heroísmo patriarcal, señalando que muchas veces agradecemos favores que en realidad solo coinciden con los planes de los opresores. Frente a este desierto afectivo y a su realidad al no tener hijos, Catalina encuentra refugio en una intimidad secreta: postales, tréboles de cuatro hojas, el bordado, los libros y su gata Mireya. En este rincón diminuto, el tiempo le pesa como una condena, recordándonos que la pasividad impuesta es una forma sutil de violencia.

El quiebre de este letargo llega con Ricardo, el amante italiano, un hombre con ideas progresistas que le devuelve una confianza dulce parecida a la felicidad. Pero en el universo de Mújica, la calma interior siempre se gana a costa de sufrimientos. Lejos de ser un analgésico, las frases que antes adormecían como narcóticos terminan por despertar el deseo reprimido.
El valor atemporal de esta novela radica en su final suspendido, donde la protagonista observa un tarro de belladona mientras decide si abortar el hijo de su amante. Al negarse a prolongar el ciclo de la sumisión, Catalina abre una puerta irreversible. Es gracias a esa audacia de papel, y al legado de escritoras como Mújica, que las conquistas individuales de las mujeres de hoy han encontrado un suelo más noble y libre sobre el cual erigirse.










