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Miércoles 12 de agosto de 2026 - 01:00 AM

A todos nos toca

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Hace varios años conversaba con un artista, quien en ese momento era mi compañero de trabajo en la docencia universitaria, con el que años atrás coincidimos en la carrera de filosofía. Debo aclarar que también era un amigo: uno de esos con los que uno se encuentra pocas veces, pero que les agradece el momento, porque en medio de unas cortas palabras termina aprendiendo algo que se queda para siempre en el alma.

El tema de nuestra conversación era lo imprecisas que somos las personas para medirnos. En palabras de mi amigo el asunto era el siguiente: “uno de los problemas comunes de los seres humanos, que a su vez genera otro tipo de problemas para cada uno, de manera particular, es que no sabemos cuánto es suficiente, ni cuánto es demasiado”. Podría parecer que nuestra conversación tenía que ver con las matemáticas o con alguna utilidad científica de ellas. Pero no, lo que mi amigo decía era que afirmamos o negamos cosas, en medio de las situaciones que vivimos a diario, sin siquiera tener clara la proporción de lo que estamos poniendo en palabras…

Esta incapacidad de medirnos me hace pensar que nuestras vidas transcurren en espacios y tiempos definidos por imprecisiones, ligerezas y apariencias, que terminan configurando una falsa realidad, al tiempo que nos amparamos en esa posibilidad conceptual de decir que “todo es relativo”. Y puede que lo sea. Pero hay algo que, sin duda, tiene la capacidad de reducir la conveniencia de los relativismos: la tragedia. Esa ineludible visitante que nos trae de golpe la ausencia, la necesidad, el hambre y la enfermedad.

Es preocupante normalizar la frialdad de algún corazón que, en medio del dolor de los demás, se atreve a avivar el conflicto político, ideológico y social. O Incluso con temas religiosos, aludiendo a premios y castigos, y agradeciendo públicamente el favoritismo que la divinidad tiene consigo.

Esta columna no tiene el fin de sugerirle a nadie cómo se debe comportar frente a una tragedia que le haya golpeado en mayor o menor medida. Tampoco se trata de hacerle un juicio moral a las opiniones de cada persona, por descabelladas que sean, especialmente cuando no sufrieron directamente el impacto ni sus consecuencias. En el mejor de los casos, ellos mismos asumirán una nueva posición, quizá más madura o empática, cuando las cifras de su protagonismo y popularidad se vean afectadas.

A todos nos toca ayudar, no porque “mañana nos puede pasar a nosotros”, como se recita por ahí, sino porque, precisamente, hoy no nos pasó a nosotros, por lo que nuestra situación actual nos hace aptos para auxiliar y servir a quienes hoy han sido desfavorecidos frente a la naturaleza.

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