Publicado por: Editorial
El Parque La Flora, pulmón vegetal del oriente de la meseta, enfrenta desde hace años un proceso de deterioro que ha significado que lo que fuera un espacio de encuentro y esparcimiento hoy muestre signos preocupantes de abandono que comprometen tanto su función recreativa como su aporte a la conservación del medio ambiente. Como lo denunció Vanguardia hace pocos días, la recurrente caída de bambúes, la acumulación de hojas secas en los senderos, el deterioro de las mallas perimetrales y el sistemático apagado de sus luminarias configuran un panorama que exige una intervención decidida.
La situación de los senderos es particularmente crítica, pues el material vegetal acumulado entorpece el tránsito peatonal y se convierte en un riesgo, especialmente para los mayores que acuden al parque en busca de respiro, pues, por el rocío de las madrugadas o en época de lluvias, esta capa vegetal en descomposición se hace resbaladiza, incrementando la probabilidad de accidentes que podrían evitarse con un mantenimiento periódico, en beneficio de los cerca de dos mil visitantes que, cada semana, aún acuden confiados a La Flora.
A ello se suma el preocupante estado de la infraestructura, por ejemplo, las mallas perimetrales que están rotas y facilitan el ingreso indiscriminado de personas. Las luminarias fuera de servicio agravan el cuadro porque sumen en la oscuridad sectores completos durante la noche y aumentan los factores de inseguridad en el lugar. Esta conjunción de deficiencias muestra la falta de políticas de cuidado a un parque que es un patrimonio colectivo que demanda atención prioritaria.
Por otra parte, la falta de revisiones periódicas para identificar ejemplares arbóreos en riesgo convierte al parque en un escenario peligroso, por lo que se hace indispensable que las autoridades competentes asuman la responsabilidad de monitorear la salud de los bambúes y árboles, ojalá implementando un plan de manejo que prevenga caídas y garantice la estabilidad del ecosistema.
La confusión sobre la entidad responsable del parque no puede ser excusa para la inacción, pues desde diciembre de 2022 fue entregado en comodato a la Alcaldía de Bucaramanga por un periodo de cinco años. Esto claramente transfiere a la administración municipal la obligación de ejecutar labores de mantenimiento y mejorar las condiciones del inmueble, incluyendo todas las reparaciones necesarias para su óptimo funcionamiento.
El llamado de la Junta Administradora Local a una intervención integral es, por tanto, un reclamo legítimo que el gobierno de la ciudad debe atender con toda honestidad, enfocando los esfuerzos hacia la definición de un plan de conservación a largo plazo que aborde desde la poda sanitaria y el arreglo de luminarias hasta la recuperación de los senderos y el reforzamiento del perímetro, pues la conservación de este pulmón verde es una necesidad ambiental que impacta directamente la calidad de vida de los habitantes del oriente de la ciudad.
La protección de los bosques de bambú, amparada por la Ley, añade una dimensión jurídica que refuerza la obligatoriedad de actuar, por lo que la comunidad y sus líderes han anunciado su intención de promover proyectos de acuerdo para la defensa del sistema arbóreo urbano, lo que evidencia una voluntad organizada sobre esta exigencia.










