Publicado por: Editorial
Es innegable que el problema del tránsito vehicular en el área metropolitana se agrava permanentemente, al mismo ritmo desaforado en el que crece el parque automotor y decrece la oferta de transporte público legal, digno y seguro, hasta convertirse en una causa principal de estrés y en un factor que degrada la calidad de vida de cientos de miles de conductores, usuarios de las vías en cualquier condición e incluso peatones.
Las causas son múltiples y una de las más influyentes es el hecho de que las autoridades han perdido terreno de manera preocupante, entre otras razones porque, al contar con menos personal, presupuesto y herramientas, su capacidad de acción se ha reducido drásticamente, y con ello la impunidad sobre las normas de tránsito se ha generalizado, causando la indeseable consecuencia de que la anarquía se instaló como el código no escrito que muchos conductores conveniente e irresponsablemente siguen.
Las respuestas que se han intentado desde la institucionalidad son, en su mayoría, coercitivas; operativos para exigir documentación, multas por pico y placa, además de la instalación de elementos físicos para limitar carriles, obligar giros o reducir la marcha, son las pocas acciones que últimamente se ven en las calles, con la característica de que todas ellas comparten un mismo rasgo: son soluciones de muy corta duración, pues una vez que se retiran los agentes o los elementos del asfalto, la conducta ilegal regresa con la misma fuerza o incluso mayor.
Entre esas medidas improvisadas destacan los pompeyanos, ‘maletines’ y otros objetos que se colocan en las vías para obstaculizar el paso de los vehículos, lo que, obviamente, por efecto físico, frena el desorden, pero superficial y temporalmente, dado que no modifican la conducta de fondo, no educan al conductor y no generan conciencia alguna sobre la importancia de respetar las normas y a los demás usuarios de las vías.
El problema de estos elementos es que actúan sobre el problema más pequeño y no sobre lo que de fondo tiene la anarquía del tránsito. Un maletín puede impedir que un vehículo invada un carril por unas horas, pero no enseña por qué ese carril debe estar libre. Un pompeyano puede obligar a reducir la velocidad en un punto, pero no convence al conductor de que la velocidad excesiva es peligrosa. La conducta incorrecta permanece intacta.
Peor aún, estos obstáculos físicos suelen generar nuevos riesgos, pues pueden provocar maniobras bruscas, frenazos innecesarios o conflictos entre conductores. Además, transmiten el mensaje equívoco de que la norma solo existe cuando hay un objeto que la impone. Cuando el objeto desaparece, la norma también se desvanece en la práctica y la cultura vial se sustituye por una obediencia temporal e irreflexiva. Es momento de admitir que lo que solemos ver en las calles y avenidas, como los operativos aislados, los elementos colocados sin un plan pedagógico y las restricciones sin acompañamiento educativo, no son soluciones de fondo y la reincidencia es la prueba más clara de su fracaso.
La única alternativa sostenible y que puede cambiar realmente la situación agobiante del tránsito en el área es la formación de una educación y una cultura ciudadana sobre todo lo que socialmente compone el uso de las vías, lo cual exige un esfuerzo permanente que involucre a escuelas, familias, empresas y autoridades. Sin ese cambio cultural, toda medida restrictiva será realmente inoperante.










