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Lunes 20 de abril de 2026 - 01:00 AM

Periodismo sin concesiones

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Bajo el auspicio de Penguin Random House se publicó Memorias cruzadas, libro nacido de varias conversaciones de Daniel Samper Pizano y Enrique Santos Calderón con Gabriel Iriarte Núñez. El texto recorre buena parte de la vida nacional durante los últimos 65 años, en los que ambos han desarrollado una intensa labor periodística desde El Tiempo, las revistas Alternativa y Cambio 16, sus columnas en distintos medios y, en años recientes, el portal Los Danieles.

En el prólogo, al referirse a estos dos maestros del oficio del periodismo, Juan Esteban Constaín destaca “la lucidez y la honestidad intelectual, la valentía para enfrentarse al poder (un poder en cuyo seno nacieron, sí, y del que han sido herederos y beneficiarios pero también críticos implacables e insobornables), su lucha denodada contra la corrupción y la mediocridad”.

Cuando fueron distinguidos con el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar a la vida y obra en 1988, delegaron en sus hermanos menores Ernesto Samper Pizano y Juan Manuel Santos Calderón la tarea de recibirlo. Bromean con que, sin proponérselo, los empujaron a un estrellato que terminaría conduciéndolos a la Presidencia de la República. Ya en los respectivos periodos, Daniel y Enrique fueron ejemplo de sindéresis. Las sesenta columnas de Enrique sobre el proceso 8.000 provocaron entre ellos un distanciamiento de más de seis años.

Para quienes somos sus contemporáneos, este documento representa un recorrido entrañable por un país atravesado por crisis, violencia, agitación política, episodios culturales y momentos que marcaron la memoria colectiva.

Como recuerda Daniel Samper, nacimos en una Colombia sin televisión, sin computadores, sin internet ni inteligencia artificial. Fuimos una generación atravesada por la rebeldía y las utopías de los años sesenta, y esa pulsión quedó reflejada en el trabajo de estos periodistas, alguna vez tildados de “guerrilleros del Chicó”, que se alzaron contra la desigualdad y la discriminación. En el libro reaparecen figuras como Luis Carlos Galán y Camilo Torres, junto a episodios como el nacimiento del ELN, el crecimiento de las Farc y el surgimiento del M-19, movimiento que, según Jaime Bateman, se fundó para sustituir “esa carreta tradicional leninista de izquierda que no le llega al pueblo colombiano”. Paradójicamente aún hoy persiste esa tentación retórica.

Queda, al final, una sensación agridulce de balance generacional. Aquella rebeldía se traduce en una dosis de nostalgia, cuando Enrique Santos admite que “hemos envejecido viendo cómo la violencia sigue golpeando al país, la politiquería se agudiza y la corrupción supera todos los límites anteriores”. Sin embargo, el mayor valor de estas memorias reside en recordarnos que el buen periodismo no solo narra un país, sino que lo examina, lo contradice y lo interpela sin concesiones.

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