Hace cuarenta años la izquierda en Colombia no tenía espacio para la deliberación. Quienes se asomaban al ejercicio político, cuando no los mataban, eran vistos con desdén, caricaturizados por sus formas, aplastados por sus oponentes en el poder, que lo creyeron propio. El país repetía, de memoria, que el relevo en la administración de los asuntos del Estado a manos de los ‘comunistas’ era una utopía. Corrían los tiempos del estado de sitio, de la guerra irregular con las guerrillas, de la aparición del narcotráfico y la irrupción del paramilitarismo.
Una nueva carta política, en medio de ese fuego cruzado, abrió el abanico de oportunidades para facilitar que otras voces pudieran participar en el juego democrático en Colombia, con las garantías suficientes para elegir y ser elegidos, sin importar su sesgo ideológico, de manera que nadie quedara por fuera, al fin y al cabo, este era un país atado al tradicionalismo en donde ver a cualquiera que no fuera representante del establecimiento llegar a la Casa de Nariño estaba por fuera de las cuentas.
Era cuestión de tiempo. Y de muchas equivocaciones. El primer gobierno de izquierda en Colombia está a tres meses largos de finalizar, millones de personas cuentan los días para celebrar su salida, queriendo desestimar este ‘bache’ en nuestra historia política a punta de memes y videos que circulan por todas partes, ridiculizando sus yerros, señalando con el dedo acusador el permanente escándalo en el que se convirtió esta administración.
Volvimos a donde los grises no tienen cabida, o es blanco o es negro, así estamos a cinco semanas de una primera vuelta presidencial en una contienda en la que el candidato del continuismo pretende desmarcarse de las equivocaciones del actual gobierno escogiendo el hermetismo como su fórmula. “De mí no esperen declaraciones contra la paz”, respondió el senador en ejercicio al ser interrogado por periodistas ante la famosa fiesta en la cárcel de Itagüí, en donde capos de estructuras criminales que pagan sus penas allí venían trabajando en diálogos de paz urbana en el Valle de Aburrá.
Cepeda, que desde un inicio planteó no asistir a debates con sus contrincantes ante el riesgo implícito de que se convirtieran en show, abrió la posibilidad pero imponiendo condiciones para ello, como elegir a qué candidatos invitar, cuáles periodistas preguntarían y por dónde verlo lo que, hasta el momento de cierre de esta columna, no tenía mayores avances salvo la reiteración de no obligarse a “cualquier clase de condiciones ni mucho menos me prestaré para someter la dignidad del Pacto Histórico y el Pacto por la Vida a la cultura del espectáculo”. Resulta extraño que un hombre que siempre pidió la palabra, y lo logró, hoy reniegue de ello.












