A menos de un mes de la primera vuelta presidencial, las encuestas muestran algo claro: las elecciones no están definidas, sino ante una disputa abierta, con una característica determinante: el candidato del comunismo, Iván Cepeda, ya parece haber alcanzado su techo político.
Los números lo muestran con ventaja en primera vuelta —en algunas mediciones por encima del 40% (con Abelardo De La Espriella de segundo y, muy cerca, Paloma Valencia de tercera)—, pero también dejan ver un fenómeno conocido en la política: crecer hasta determinado punto es más fácil que romper ese límite.
Cepeda concentra hoy el voto de la izquierda y parte del voto emocional del petrismo. Sin embargo, ese mismo activo es su límite. Difícilmente logrará ampliar su base hacia sectores moderados o de centro, donde persisten dudas profundas sobre el rumbo del país. Aun así, no puede descartarse que obtenga un resultado alto en primera vuelta, incluso superior al esperado, pues las encuestas no logran capturar del todo factores como la movilización de maquinaria estatal, la expansión del empleo público o la presión de los bandidos en los territorios.
Pero la elección no se define el 31 de mayo: se define el 21 de junio. Y es allí donde cambia completamente la ecuación.
La pregunta clave no es quién lidera hoy, sino quién puede ganar en segunda vuelta. Y las encuestas muestran que la candidata con mayor capacidad de competirle a Cepeda es Paloma, no solo por su nivel de intención de voto, sino por su potencial de crecimiento.
Hay una razón estructural para ello: Paloma tiene la posibilidad de recoger no solo el voto de la derecha —incluyendo el de Abelardo—, sino también sectores del centro y de la centroizquierda que difícilmente migrarían hacia una candidatura más radicalizada. Su fórmula vicepresidencial, Juan Daniel Oviedo, refuerza precisamente ese puente.
El escenario contrario es más complejo: si Abelardo pasa a segunda vuelta, no hay garantía de que logre consolidar ese mismo espectro. Su capacidad de atraer voto de centro es, por definición, más limitada. En política, no basta con pasar: hay que sumar.
Y hay otro elemento muy importante: la gobernabilidad. Colombia no solo elegirá un presidente, sino la posibilidad real de ejecutar reformas. En ese frente, Paloma parte con ventaja. Su experiencia en el Congreso y la articulación de una bancada amplia —no solo del Centro Democrático sino de otros sectores políticos— le dan una base de gobernabilidad que otros candidatos no tienen.
Si la mayoría coincidimos en que el principal objetivo en estas elecciones es impedir la perpetuación del comunismo, ¿quién sería entonces la mejor apuesta? No tengo dudas de que es Paloma Valencia.
Pero para eso, primero debe pasar a segunda vuelta. Apoyémosla.












