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Domingo 03 de mayo de 2026 - 01:00 AM

Vamos a creérnosla

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La calidad de vida de una ciudad se observa en los pequeños detalles. Recuerdo, veinticinco años atrás, cuando podía aún correr al amanecer por las calles, que una extraña sensación de zozobra me acompañaba en mis recorridos: si no era la probabilidad de ser víctima de un atraco, así fuera por unos tenis ya desgastados, estaba el riesgo latente de caer al suelo por culpa de algún andén roto o un hueco no detectado ante la falta de iluminación en la vía.

Hoy, los más jóvenes lo hacen sobre soberbios paseos que le ganaron espacio a los vehículos y le devolvieron a los ciudadanos la posibilidad de caminar por amplios senderos, limpios, bien cuidados, o de practicar su deporte en el parque lineal que, al fin, se prodigó por los cerros orientales, invitando a sus visitantes a un bello espectáculo de contemplación de la naturaleza. Recuperamos aquél título honorífico de ciudad de los parques, que en mi tiempo, se extravió por esa pequeñez a la hora de tramitar nuestro propio desarrollo.

Volvimos a ser la ciudad más cordial. Impresiona ver cómo los vehículos se detienen para dar paso a los peatones, sin el temor de ser atropellados por enajenados al timón. En la memoria quedaron los días de furia ante el atasco sempiterno por cuenta de un sistema de transporte masivo que, como el ave fénix, fue capaz de reinventarse y hoy, hasta los viejos, nos subimos en él porque nos resulta mucho más amable y atraviesa la gran ciudad metropolitana en toda su extensión. No nos es extraño escuchar un ‘buenos días’ o un ‘por favor’, somos capaces de enaltecer a quien se cruza en el camino con cortesía.

¡Recuperamos el centro de la ciudad! Así, entre signos de exclamación, ofrecemos a quienes llegan a estas tierras, y enseñamos a los niños, nuestra historia en medio de teatros, parques, museos, salas de exposiciones así como una febril actividad cultural, que no se detiene, dando cuenta de la raza “que lucha y sueña en la conquista del porvenir”, como suena a gritos en el himno departamental, pero que siente con orgullo el valor de su pasado.

Se lee bien ¿no? Santander ya tiene su visión a 2050, vamos a creérnosla, no hay tiempo que perder en la tarea diaria de hacer realidad un plan que no se puede quedar, como tantos otros, en el anaquel de los pendientes. Está en nuestras manos, no en la de tanto mamarracho despelucado que llega por estas orillas a creer que vivimos en la prehistoria, poder despertarnos en esa región soñada. La ciudad que relato ya existe y de ello dan fe mis buenos amigos Silvia y Orlando, quienes tuvieron la generosidad de mostrármela.

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