Abelardo De La Espriella terminó imponiéndose a Iván Cepeda en la segunda vuelta presidencial. El resultado no fue tan holgado como muchos pensaron. La diferencia fue de un poco más de doscientos cincuenta mil votos, el 0,96 %. El escrutinio confirmó el resultado del preconteo.
Si algo dejó la jornada fue una participación de votantes extraordinaria. El 63,60 % de las personas que integran el censo electoral concurrieron a las urnas. Un poco más de 12 millones 700 mil ciudadanos respaldaron la continuidad del actual esquema de gobierno; cerca de 12 millones 960 mil apoyaron al otro candidato. El reto de quien resultó elegido es alcanzar la unidad y entender que debe gobernar para todos, tanto para quienes respaldaron su propuesta como para quienes no lo hicieron.
La Organización Electoral y la Registraduría demostraron que el sistema es confiable y que la posibilidad de fraude es remota. Eso no significa que el sistema sea infalible. Todo lo contrario. Errores hay y es usual que los haya; pero también hay controles que permiten detectarlos y corregirlos para que el resultado del preconteo y del escrutinio refleje la voluntad de los electores al momento de depositar su voto.
Colombia demostró que tiene una democracia sólida; sin embargo, todo apunta a que De La Espriella y Cepeda están dispuestos a seguir tratándose como enemigos. Ahí están los discursos que pronunciaron al final de la jornada. No lo hicieron con la agresividad con la que se expresaron la noche del 31 de mayo, pero, por lo que se les oyó decir, hay mucho de qué preocuparse.
Cepeda, un poco más reposado, dejó claro que está dispuesto a dialogar para alcanzar un gran acuerdo nacional, pero advirtió que no va a permitir que se desmejoren los logros que se alcanzaron durante el gobierno que termina. De la Espriella se dejó llevar por la euforia del momento. Anunció que gobernará por y para todos y que garantizará los derechos de la oposición, pero les lanzó dardos directos. El lunes, Cepeda ripostó: “No nos amenace, somos la mitad de este país, tenemos una larga historia de resistencia; ni sus rugidos ni sus alaridos nos asustan”.
Quiero creerle a Abelardo De La Espriella y voy a hacerlo como lo hice con Gustavo Petro cuando pronunció su primer discurso; pero, para ser honestos, la cosa no empezó bien. El rifirrafe y las amenazas no auguran nada bueno. Por eso, ahora que termina un ciclo y comienza otro, no está de más echarle mano a aquella plegaria que se nos quedó grabada de oírsela a diario al padre García Herreros: “Señor, en tus manos colocamos este día que ya pasó… y la noche que llega”. Interprétela como quiera.












