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Viernes 14 de agosto de 2026 - 01:00 AM

Universitaria Tecnológica de Santander

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Mi primera clase en educación superior no la dicté en una universidad. La dicté en un colegio. Era la jornada nocturna, en una de las instituciones que tenían convenio con las Unidades Tecnológicas de Santander, en la calle de los estudiantes. En aquellos años no se tenía espacio suficiente para atender la demanda de su periodo de expansión, y los convenios con los colegios fueron la única salida.

Terminaba la jornada escolar, los niños se iban y llegábamos nosotros con nuestros estudiantes a ocupar sus pupitres. La mayoría venía directo del trabajo, todavía con el uniforme de la empresa puesto. Llegaban cansados, pero llegaban. No lo olvido, porque ahí aprendí a valorar su esfuerzo. No es fácil cumplir un turno completo y entrar después a una clase, sostenidos por la esperanza de un título que mejorara sus condiciones de vida y, sobre todo, por las ganas de aprender.

Por esos mismos años, en las salas de profesores se hablaba de que pronto cambiaríamos de carácter académico. Aparecía en los planes institucionales, se enunciaba en los consejos y muchos lo escuchábamos con un escepticismo cortés. Parecía un propósito para otra generación. Una institución que dictaba clases en infraestructura prestada difícilmente iba a convertirse en universidad.

Pues bien, ese día llegó. El Ministerio de Educación Nacional ratificó el cambio de carácter académico y las Unidades pasaron a ser la Universitaria Tecnológica de Santander. Sesenta y dos años después de su fundación y once después de que el rector Omar Lengerke asumiera con esa meta escrita en el horizonte. No fue un trámite, fue una década de decisiones sostenidas. En un país donde la gestión pública rara vez sostiene un propósito más allá de un periodo, esa continuidad entre acreditación, ampliación de cobertura e inversión en infraestructura es la que hizo posible el sueño.

La institución queda habilitada para ofrecer formación profesional y aspirar a maestrías en los campos donde acredite calidad. Para Santander eso significa que un joven de Vélez o del Magdalena Medio pueda completar un ciclo formativo entero sin migrar a Bucaramanga o Bogotá, y que más de veinticinco mil estudiantes —la mayoría con gratuidad, algunos víctimas del conflicto o provenientes de zonas rurales— tengan por delante un recorrido de mayor alcance. No es un detalle administrativo, es la diferencia entre un ciclo a cuentagotas y una carrera completa.

Falta camino, y no será corto. Cada programa requerirá su propio registro calificado y la transición apenas empieza. Pero la parte más difícil ya se hizo, y ahora es imposible no creer. Como apasionado por la educación, espero volver algún día a sus aulas, ahora propias, y seguir aportando a uno de los logros más importantes de la educación en nuestro Santander.

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