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Miércoles 06 de mayo de 2026 - 01:00 AM

El cordón que ahoga

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El 15 de abril de 2026, Carolina Flores Gómez, exreina de belleza de 27 años, fue asesinada de siete disparos en Ciudad de México. La principal señalada: su suegra. El hecho estremece, pero incomoda aún más el trasfondo que expone una relación permeada por la intromisión, la ausencia de límites, y un hombre y una madre incapaces de ocupar su lugar. Según reportes, el esposo estaba presente y tardó horas en reaccionar. No es solo un crimen; es la radiografía de una dinámica que rara vez se nombra.

Este episodio surge a partir de vínculos donde la relación madre-hijo —o hija— no evoluciona, donde la dependencia emocional se camufla de amor y la pareja entra desde el comienzo en desventaja.

Aunque ocurrió fuera del país, los feminicidios siguen marcando una realidad cercana y persistente. Durante el 2025, en Colombia se registraron más de 600 asesinatos de mujeres y, en lo corrido de este año, ya se cuentan decenas de casos. La tasa ronda las 4 mujeres por cada 100.000 habitantes, una de las más altas de la región. Lo más inquietante del asunto es que la mayoría ocurre en el entorno íntimo, donde debería haber protección.

Se insiste, con razón, en denunciar la violencia de pareja, pero se habla poco de las estructuras emocionales que la sostienen. Entre ellas, una especialmente incómoda: hombres que no se separan psicológicamente de sus madres y madres que no están dispuestas a soltarlos.

Un hombre que no ha cortado el cordón umbilical no es simplemente cercano a su familia, es alguien que no ha construido autonomía. Y sin esta, no hay pareja posible. Toda relación exige elegir, priorizar y poner límites. Exactamente lo que falla cuando la figura materna sigue ocupando el centro.

En la otra orilla, también es cierto que no toda maternidad promueve independencia. Hay madres que confunden amor con permanencia, que interpretan distancia como abandono y ven a la pareja del hijo o hija como amenaza. El problema no es el amor, es cuando el amor se convierte en control.

El feminicidio de Carolina Flores no puede reducirse a un hecho aislado. Obliga a mirar más profundo, a cuestionar vínculos que no evolucionan y lealtades mal entendidas. Hay relaciones que no necesitan gritos para ser perjudiciales, basta con que nadie ponga límites y quizás esa sea la reflexión más incómoda en el Día de la Madre: amar a un hijo no es retenerlo, es prepararlo para irse.

Cuando ese corte no ocurre, alguien más termina pagando el precio.

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