Margarita García Robayo tiene en su novela “La encomienda” un diálogo revelador. La protagonista le confiesa a su amiga Marah la gran irritación que le producen pequeñeces, superficialidades: una tos, el gesto de un amigo. Marah le sugiere que transforme la ira en ternura; madurar emocionalmente. La protagonista se niega, porque tendría que desentrañar de donde viene la irritación; y no, le da pereza, eso tarda demasiado. García (1980) es la escritora colombiana actual con mayor delicadeza quirúrgica para escudriñar recovecos íntimos.
Cada vez que en esta época electoral salta furibunda la frase “salvar la democracia”, pienso en ese diálogo. Todos queremos una democracia que garantice participación libre, sí, y un marco normativo estable sin abusos de ningún bando, una justicia imparcial. Pero nos está ganando la pereza de desentrañar y llegaremos al voto como títeres energúmenos.
El voto en Colombia es cada vez menos libre. No solo porque las redes sociales mienten mucho, sino porque al voto de base lo mueven mafias delictivas (narcotráfico, contrabando, clientelismo, grupos armados que se disputan el control del territorio y alienan la voluntad de la gente, etc). Una telaraña pegajosa de la que muy pocos votantes salen limpios. Incluso, el llamado “voto estratégico”, emocional, es conceptualmente, en sí mismo, una desfiguración de la libertad porque emana de una manipulación masiva. Se vuelve voto de odio. Hizo carrera la idea de que la política es polarización —lo dice la señora Cabal, para citar solo a quien no está ya en el juego, pero también lo dicen otros—. Eso muta la racionalidad política en simple matoneo. Error: la política es debate, escucha y contradicción, en cambio, la polarización es encerrarse en dogmas, rechazar y odiar sin oír ni debatir; exactamente lo opuesto.
No seamos ingenuos: sin el control total del territorio por parte del Estado, sin justicia eficaz y libre de la política, y sin prensa libre y plural, la democracia es una etiqueta casi vacía. Y permítaseme una opinión impopular: Colombia se precipitó cuando extendió la elección popular hasta el nivel municipal, sin que la provincia gozara aún de las condiciones necesarias. Casi ninguna región aguantó más de dos o tres periodos de elección popular de alcaldes, antes de hundirse en el clientelismo delincuencial. Ahí inició una metástasis ascendente: de los municipios más pequeños hacia arriba.
Pero para salvar la democracia, el mejor instrumento es la propia y verdadera democracia. Lo dijo Churchill en el Parlamento en 1947: “la democracia es la peor forma de gobierno, excepto por todas las demás que se han intentado”. Desentrañar y razonar es exigente, pero lanzarnos al voto como rebaño asustado, puede hacernos beber un remedio peor que la misma enfermedad.










