Publicidad

Columnistas
Sábado 09 de mayo de 2026 - 01:00 AM

Una carga siniestra

Compartir

Una cosa salvaje que conoce la muerte, de la escritora colombiana Lina María Parra Ochoa, es una colección de trece relatos en los que intenta descifrar el misterio de poder saber lo que es imposible de saber.

Lina María Parra Ochoa no nos ofrece consuelo sino una linterna para mirar aquello que preferimos ignorar: lo sobrenatural, lo cotidiano y perturbador, el cuerpo como territorio y espejo de la psique humana. Elementos presentes como el ruido de las manos que escarban, fetus in fetu (una hermana que nunca nació), unos juegos de infancia oxidados, un padre alcohólico casi fantasmal, el doloroso amor entre amigas a los 15 años, la hermana que sabe de brujería, una polilla que revolotea en la penumbra, cuarenta gallinas desplumadas, los ojos del que mata y unas uñas pintadas de rojo de un cadáver en descomposición son algunas de las semillas de estas historias que se asoman al precipicio de lo que muere, abordando el duelo y la desaparición.

Las protagonistas son predominantemente mujeres —hijas, juezas, veterinarias, hermanas, niñas y fantasmas— que habitan roles y situaciones liminales. En una entrevista reciente en la que se refería a sus cuentos previos, Parra enfatizó cómo suele vampirizar sus personajes, pues como dice Afra María Ochoa en la cita que abre este libro: «No se puede escribir sobre lo perfecto».

Los personajes presentes en estas historias me recuerdan el estilo de la autora Mariana Enríquez, con quien Parra comparte una afinidad literaria marcada por el terror contemporáneo, en el cual ambas exploran la violencia, la memoria histórica y lo macabro situado en contextos domésticos y cotidianos, consolidando su posición como voces destacadas del género.

Hay tensión casi física al leer esta autora cuyos recursos al narrar buscan transgredir la realidad, degradar el canon tradicional y explorar el miedo a través de lo visceral y lo desfigurado. Parra Ochoa convierte el horror en conocimiento y el lenguaje en un exorcismo por medio del cual dibuja un mapa de lo invisible. Al final, no se trata solo de la muerte como destino, sino de ese rastro salvaje que nos recuerda que estamos vivos solo porque hemos aprendido a convivir con lo que nos hiere y nos conecta, irremediablemente, con el otro.

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día