Publicado por: Martha Elena Pinto
“Se ha difundido un clima de miedo que mata todo germen de esperanza… Los sentimientos de angustia y resentimiento empujan a la gente a adherirse a los populismos… Atizan el odio, erosionan la solidaridad, la cordialidad y la empatía. El aumento del miedo y del resentimiento provoca el embrutecimiento de toda la sociedad y, en definitiva, termina siendo una amenaza para la democracia”.
La reflexión del filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han en su libro El espíritu de la esperanza parece describir con inquietante precisión el momento político que vive Colombia. Observamos, con preocupación, cómo seguidores de distintos candidatos se radicalizan y convierten el debate democrático en una confrontación cargada de insultos, descalificaciones y ataques personales.
Enceguecidos por el fanatismo, muchos terminan profundizando divisiones y alejando cualquier posibilidad de construir consensos alrededor de un liderazgo que inspire confianza y convoque mayorías. El propósito superior debería ser otro: elegir un presidente capaz de proteger las libertades, fortalecer la democracia y preservar el Estado de Derecho consagrado en nuestra Constitución.
Pero el miedo existe, y sería ingenuo ignorarlo. Hay temor porque amplios sectores sienten que el Gobierno ha abandonado a los ciudadanos mientras la criminalidad gana terreno. Hay miedo de enfermarse porque el sistema de salud se ha deteriorado gravemente. También inquieta el impacto que una eventual crisis energética podría tener sobre la economía, el empleo y el bienestar de millones de familias.
A ello se suma el temor de quienes ven amenazada la estabilidad de sus empresas o de sus trabajos en un contexto económico cada vez más complejo. Y, sobre todo, persiste la preocupación frente a la posibilidad de transformaciones institucionales profundas que alteren las reglas de juego democráticas, incluyendo la propuesta de una eventual Asamblea Constituyente impulsada por el mismo presidente de la República y su partido.
Sin embargo, incluso de los escenarios más complejos debe surgir la esperanza. La esperanza de que los colombianos comprendan lo que está en juego y decidan participar activamente, sin delegar en otros el futuro del país. Más de 42 millones de ciudadanos están habilitados para votar, pero históricamente apenas la mitad acude a las urnas. La apatía política termina favoreciendo a grupos que, aunque más pequeños, son más organizados y disciplinados electoralmente.
La frase atribuida al crítico estadounidense George Jean Nathan sigue siendo contundente: “Los malos gobernantes son elegidos por buenos ciudadanos que no votan”.
La verdadera esperanza radica en que las fuerzas democráticas abandonen la confrontación estéril, eleven el nivel del debate y logren despertar a quienes hoy permanecen indiferentes. Ese es el gran desafío: convencer a los apáticos de que, a través de su voto, pueden defender su trabajo, su familia, sus libertades y el futuro de Colombia.
Por: Martha Elena Pinto de de Hart












