La semana pasada, Barrancabermeja puso la sostenibilidad en el centro de la conversación. Se llevó a cabo la cuarta versión de la Feria Sostenible y, con ella, el foro Barrancabermeja Biodiversa y Sostenible, que dio apertura a un fin de semana de actividades culturales, emprendimientos y talleres alrededor de este importante tema.
Uno de los asuntos abordados durante el foro fue la inversión de impacto, y dejó en mí una reflexión importante: ¿qué nos hace falta como ciudad y como región para empezar a desarrollar proyectos sostenibles con potencial para acceder a este tipo de inversión?
Durante muchos años, los proyectos sociales y ambientales dependieron principalmente de la filantropía. Empresas, fundaciones y organismos internacionales aportaban recursos para atender necesidades puntuales de las comunidades o apoyar iniciativas ambientales que, aunque valiosas, muchas veces tenían dificultades para sostenerse en el tiempo.
Hoy esa visión ha evolucionado. El mundo habla cada vez más de inversión de impacto, un modelo en el que los recursos no solo buscan generar beneficios sociales o ambientales, sino también impulsar proyectos capaces de mantenerse, crecer y generar un retorno financiero.
Actualmente existen fondos, organizaciones y actores internacionales interesados en apoyar iniciativas relacionadas con transición energética, economía circular, innovación social, biodiversidad, educación, y muchos otros temas. Sin embargo, muchas veces las regiones no logran acceder a esos recursos porque las ideas no alcanzan a convertirse en proyectos estructurados, medibles y escalables.
Ahí es donde aparece uno de nuestros principales desafíos. Ya hemos avanzado en la conversación sobre sostenibilidad. Hoy existen más espacios, más información y un mayor interés por entender hacia dónde se mueve el mundo. Pero después de acceder a esa información aparece la pregunta más importante: ¿y ahora qué?

El siguiente paso debe ser la construcción de proyectos. Necesitamos iniciativas que nazcan desde las universidades, los emprendedores, las empresas, las organizaciones sociales y las comunidades. Proyectos capaces de resolver problemas reales del territorio, pero también de demostrar sostenibilidad, innovación y capacidad de crecimiento. Ahí es donde la academia puede jugar un papel fundamental, convirtiéndose en un puente entre el conocimiento, la investigación y las necesidades de la región.
La verdadera tarea comienza ahora: transformar estas conversaciones en iniciativas concretas que ayuden a construir ciudad y a atraer nuevas oportunidades para la región.
Porque ya sabemos que el mundo está dispuesto a invertir en proyectos de impacto ahora la verdadera pregunta es si estamos preparados para construirlos.











