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Miércoles 27 de mayo de 2026 - 01:00 AM

Llegó la hora de la verdad

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Llegó la hora de la verdad, como decía el famoso cantante Kaleth Morales, pero no precisamente porque llegó el “fundingueee”, sino porque llegó el momento de elegir a nuestro próximo mandatario. Estamos a tan solo unos días de esta importante decisión para el país, y no hay que verla como algo lejano o ajeno a nosotros, sino como una decisión que impacta directamente nuestra vida como ciudadanos, estudiantes, empleados, empresarios y, en general, sin importar el rol que desempeñemos en esta sociedad.

Muchos ven este tema con apatía o distancia, pero es una decisión que nos afecta, queramos o no. Salgamos este domingo a ejercer nuestro derecho al voto, nuestro derecho a elegir quién queremos que nos represente y marque el rumbo del país donde nacimos y vivimos. Pensemos en el país que queremos, revisemos las propuestas y tomemos una decisión a conciencia.

En los últimos años aprendimos a votar desde el miedo: miedo a perder, miedo a ganar, miedo al cambio o miedo a seguir igual. Y cuando el miedo domina la conversación, dejamos de debatir propuestas y empezamos a dividirnos entre buenos y malos, entre enemigos y aliados.

El problema es que, mientras seguimos atrapados en esa polarización, el país y los municipios y ciudades que lo conforman continúan esperando respuestas reales a temas que sí afectan la vida diaria de millones de personas: empleo, salud, educación, seguridad, oportunidades y desarrollo.

Tal vez llegó la hora de bajarle el volumen al odio político y también a la apatía, para subirle el nivel a la conversación. De entender que pensar diferente no debería convertirnos en enemigos, porque después de las elecciones todos seguiremos compartiendo el mismo país.

Y no, esto no significa que no deba existir la oposición. Todo lo contrario. La diferencia de ideas es necesaria en cualquier democracia. Pero ojalá aprendiéramos a poner el bien común por encima de las relaciones personales, los partidos o los intereses particulares.

Por encima del resultado, más allá de que estemos o no de acuerdo, recordemos que vivimos en un mismo país, en una misma región y en una misma ciudad. Al final, cada uno de nosotros hace patria. Votemos y, sobre todo, demostremos con nuestras acciones que realmente queremos el territorio que habitamos, porque el país no solo se define en las urnas, sino también en la forma en que decidimos convivir después de ellas.

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