En Tarantela, publicada en Colombia por la editorial Animal Extinto, la mexicana Abril Castillo Cabrera presenta una novela de autoficción donde el lenguaje funciona como antídoto contra el dolor y el silencio. A través de la reconstrucción de la muerte de su tío, la narradora emprende un viaje genealógico que expone la dualidad de los vínculos familiares, concebidos al mismo tiempo como una condena inevitable y una salvación.
La trama parte de la muerte de su tío Jano, quien falleció tras ingerir veneno para ratas. Años después, la protagonista encuentra unas fichas y escritos que su abuelo dejó sobre esta tragedia y al registrar los últimos días de Jano, la autora decide explorar las constelaciones genealógicas para reconocer aquellos traumas del pasado que, de manera inconsciente, marcan el presente. Logra desactivar las culpas y trata de reconstruir los vínculos que la unen con las personas que más quiere, con sus padres y abuelos, con su hermano Lucas, su tío Carlos, comprendiendo así hasta su complicada relación con el “Gorila” y luego con Gael.
Abril Castillo revela cómo los secretos familiares hicieron que su familia se encerrara en ese dolor sin hablar del tema. Esos silencios la persiguieron y la afectaron hasta su vida adulta. Decían en su familia que Jano había muerto por una maldición: cargar con el mismo nombre de otro tío que murió a la misma edad que él. Entonces, hay otra pregunta que late en todo momento: ¿qué debe cargarse un nombre, qué peso imprimen los gestos de los muertos sobre los vivos?
La historia transcurre en México, un país que le da un peso cultural diferente a la muerte. Entonces, cada duda y reconstrucción a lo largo de la novela encaja con el contexto en el que sucede. A veces se mueve al compás del sonido dulce de una tarantela, esa danza que invita a la alegría colectiva. En otras, se atreve a develar misterios dolorosos. Reúne recuerdos familiares, archivos personales, el ensayo, el humor y logra el antídoto en la hermandad y, sobre todo, en la escritura.
Al final, la familia es ese territorio circular donde aprendemos a curarnos con la misma herida. No elegimos el veneno que nos hereda el linaje, pero sí el uso que le damos a la memoria. Vivimos y morimos a través de ellos, sí, pero en la libertad de escribir nuestra propia historia elegimos qué fantasmas dejar ir y a quiénes perdonar para, finalmente, romper el círculo. Es el veneno que nos atraviesa y el antídoto que nos salva.












